Necronomicón

Segunda Época. Año 5. N° 12. Junio, 2006

Todos nuestros lectores saben que el Necronomicón publica primordialmente literatura corta de Terror. También saben que hay un ser obsesivo detrás de la publicación, algo que muchos definen como editor y que seguro debe habitar en algún antro oscuro lleno de telarañas. Lo que no saben los lectores es que el editor también es un ente de terror, un tipo que vive en una zona limítrofe del tiempo y el espacio donde todo discurre lentamente… muy lentamente.
En esa dimensión anómala, que el editor ha calificado como metástasis de paquetes de tiempo lento (lo del atributo metástasis se debe a que los paquetes de tiempo lento se multiplican en lugar de disminuir para desdicha del editor). Lo cierto es que todo aquello que cae dentro del campo de atracción de esa anomalía espacio-temporal está condenado a la lentitud por los siglos de los siglos… amén.
En el caso de nuestro editor, los paquetes de tiempo lento están creciendo, a excepción de su esposa porque ella ya es adulta. Son tres y crecen en forma acelerada pese a que, paradójicamente, causan el retardo temporal que padece el autor de sus días. Sin embargo, hay otros paquetes de tiempo lento que son de naturaleza diferente. Son paquetes de tiempo lento que pueden ser fuente de alimento, de diversión, de placer y, en casos extremos, son capaces de revertir la cualidad enlentecedora de otros paquetes.
Lo cierto es que mientras está atrapado bajo el yugo del tiempo, nuestro editor reacciona como un dinosaurio de mediados del siglo pasado (lento, torpe y majestuoso, pero sobre todo hagan énfasis en lo lento), en contraposición a los modernos dinosaurios de Jurassic Park. Todo eso viene a colación porque en el editorial del número once yo, el lento editor, había mencionado que este año esperaba editar seis números del Necronomicón… eso fue en febrero, cuando los paquetes de tiempo lento parecían dormidos y yo estaba eufórico. Ahora, escribiendo en junio, con el mundial de fútbol —un poderoso paquete de tiempo lento para este servidor— a escasos días de distancia (¡Dios, ya siento la taquicardia!), la meta parece un poquito distante. Con todas las bazas a su favor, ¿apostaría conmigo el lector inteligente, a que llegado diciembre el Necronomicón estaría aún falto para alcanzar el número 16?
Pronto va a rodar el balón y el tiempo se hará más lento aún. Tendré que imaginarme nuevos segmentos de tiempo, quizás entre segundo y segundo, robarle tiempo al tiempo con el fin de llegar a diciembre con mi obsesivo ego intacto. Pero esas son visiones de horror que no deben preocuparnos, más aún cuando están a punto de degustar tres historias exquisitas: Ana María Fuster, Javier Esteban y Francisco Javier Pérez nos dejan entrever mundos trastornados. Asimismo, otra vez es a Juan Raffo, quien junto con los autores percibe con más fuerza el efecto de los paquetes de tiempo lento, al que le debemos la interpretación visual de una de esas posibles realidades de caos y distorsión (además de la nueva imagen del Necronomicón). Pasen y tengan cuidado con los paquetes de tiempo lento que están por allí tirados

 

Madre sólo hay una

por Ana María Fuster

Ana María Fuster nació en San Juan, Puerto Rico. Gracias a ella rompemos lo que iba a ser una hegemonía española en el presente número. Esta es la primera aparición de Ana María Fuster en Necronomicón (además de ser la primera contribución desde Puerto Rico). Ana María es correctora, editora, narradora y poeta. Tantas actividades sólo podían prometer una erupción violenta de productividad y así parece que está sucediendo. Recientemente ha publicado su colección de cuentos Réquiem (Isla Negra editores, 2005), pero tiene en su haber otro libro de cuentos: Verdades caprichosas (2001) que recibió la mención de honor del Instituto de Literatura Puertorriqueña. Sin embargo, su actividad parece haber entrado en fase asintótica pues próximo a salir tiene un poemario, El Libro de las sombras, y en una gaveta, en espera de su liberación, descansa un tercer volumen de relatos: Bocetos de una ciudad silente. Ana María mantiene un blog: Bocetos de una ciudad silente.
En Madre hay una sola, la narración está dominada por el tono coloquial, casi familiar, de un protagonista marginado por su sociedad. El relato parece entonces una estampa costumbrista que nos permite mirar una historia conocida desde otro ángulo.

 

Es que no lo entienden, los silencios de los muertos me quitan el hambre. Cuando huelo sangre, siento que las tripas se me estrangulan, y es que podría comerme a mi santísima madre, porque madre sólo hay una… Y ella es la única que siempre me entendió. Nací pequeñito, enfermizo, todo me descojonaba: un mal aire, las frituras, la leche de vaca, el tomate y casi todas las frutas, pero ella pa´lante. Por eso mamé teta tantos años, y ella se aguantaba aunque la chupara tan duro que se le saliera hasta la sangre, me veía feliz y rosado, y suspiraba callada. Mami sabía cual era el remedio para mis debilidades. Ella siempre me defendía, como cuando a los diez años comenzaron a desaparecer los perros, gatos y hasta ratones de la urbanización. A la maldita chismosa de doña Lulú le dio por decir que me había visto en las madrugadas merodeando y que yo me comía las mascotas. Todo porque yo paseaba en las noches por la calle. Esa maldita bruja desapareció; papi, que en paz descanse, dijo que a lo mejor se había ido a Nueva York con las nietas. Nadie supo nada, papi tampoco se enteró. Sólo trabajaba y bebía, bebía y trabajaba. Lo extraño, pero el día de su funeral descubrí la paz de los cementerios. En la urbanización todos me miraban y en la escuela comenzaron a cuchichear sobre las misteriosas muertes y no sé qué de unos rituales satánicos donde se bebían la sangre de las víctimas. Otros decían que era el mismísimo chupacabras, y comenzaron a decirme chupacabras, por esa mierda dejé la escuela a los quince años. Sólo mami me entendía y protegía; hasta hace par de días me dio teta. Ahora estoy solo, diecisiete años y no queda nadie, tengo hambre, mami, tu lápida es humilde, me tendré que mudar, gracias mami por darme tu última gota de sangre, es que madre sólo hay una…

 

Lo que no dijeron los libros

por Javier Esteban

Javier Esteban es un joven autor español que ha decidido alternar la poesía con la prosa (por lo cual le estoy agradecido, pues yo con la poesía no me llevo muy bien), y está dispuesto a invadir el género con sus propuestas frescas y desenfadadas. Javier es periodista y se dedica a investigar en su tiempo libre sobre las potencias del más allá, dilucida secretos y se adentra en los misterios de la literatura del horror. Descubre mitos e invenciones, revela conspiraciones fraguadas para sumir al hombre en la desesperanza. Por eso su misión es ejemplar, escribe para desmentir falacias, para revelar la verdad y acabar con el oscurantismo.
Tiene poco tiempo en el oficio, pero ha tomado la vía expresa. Por lo pronto tiene relatos en NGC 3660, Vórtice en Línea, Parnaso, Alfa Eridiani y Axxón. Un relato suyo: Lena, apareció en la antología Visiones 2005, y otro fue publicado en el primer número de Artifex Tercera Época.
Lo que no dijeron los libros es la otra versión de la mitología lovecraftiana.
Confío en que a Lovecraft también le habría encantado la ironía.

 

–Estas cosas pasan. –se gruñó a sí mismo el doctor frente a su único paciente cuando el pistón principal del juego de inyectores para la cuchilla empezó a fallar de nuevo. Tironeó casi con rabia de los guantes de látex. Unas cuantos goterones de sangre pastosa de las muestras resbalaban sobre el grifo oxidado.

El chorro de agua caliente casi le quemó la piel.

–Estupendo, por lo menos la caldera va –se giró con una sonrisa afilada, directa hacia la inmensa mole sobre la plataforma– Aunque dudo que a ti te importe mucho el calor o el frío, ¿me equivoco?

La criatura sacudió los muñones fofos que habían sido los tentáculos de su cabeza. Ya no le parecía en absoluto aterrador, en siete años había tenido tiempo de sobra para acostumbrarse.

Lo malo es no había sido el único. Cada día funcionaba peor la tortura.

–Tendremos que recurrir al choque –dijo, sin perder aquella sonrisa. Caminó hacia el conmutador junto a una de las grúas. Media potencia, 3 segundos. Confió en que sería suficiente.

No se vio defraudado.

Los conjuros aparecieron en el acto y durarían apenas un instante. Le recordaban a una especie de tatuaje maorí, pero de un color blanco incandescente.

Las cámaras robot que revoloteaban a su alrededor hicieron su trabajo. Los arneses de caucho también. Este era un truco que los que escribieron los libros nunca conocieron, no eran tan listos.

Y por supuesto, no gritó. Los libros aseguraban que su voz podía enloquecer a cualquier hombre, pero eso no era más que una licencia poética. Ni él ni nadie del equipo nunca le habían escuchado emitir sonido alguno.Ilustración por Juan Raffo basada en la historia de "Lo que no dijeron los libros" de Javier Esteban

Había quienes se arriesgaban a decir que esto era porque procedían de un mundo sin atmósfera, quizá del espacio profundo. A él, perder el tiempo en especulaciones le parecía una chorrada. Le bastaba con saber que estaban aquí y para qué habían venido. Al menos en esto los libros no mentían.

Lo que no les dijeron, eso es cierto, fue cómo hacerles frente. Aunque no hizo falta: ellos eran hombres, no horrores cósmicos.

Pudieron permitirse el lujo de improvisar.

 

 

La casa que el demonio construyó

por Francisco Javier Pérez

Francisco Javier Pérez es un autor ya conocido por los lectores del Necronomicón. Su relato No entréis al granero apareció en el número 10. Ahora Francisco Javier viene con otro cuento oscuro de una naturaleza totalmente distinta. En esta ocasión el horror no es ultraterreno, no proviene de alguna entidad ominosa de más allá de las estrellas conocidas: Hay cosas más terribles dentro de nuestro mundo cotidiano y sus posibilidades que no tenemos que inventarnos seres execrables para asustar a los niños desobedientes.
En estos últimos meses Francisco Javier ha estado bastante ocupado en el mundo literario: ha publicado dos veces en NGC 3660, también en Brigada 21 y pronto en Tierras de Acero. Su relato ilustrado, Entre las grietas, ya está en circulación y ha finalizado el guión para dos libros de cómics que ya se están en manos de los dibujantes.
Uf, ¡vaya hiperactividad!, como para dejarme a mí como la tortuga de la fábula… y no piensen que estoy insinuando que al final cruzaré de primero la meta tan campante, dejando a la pobre liebre con los ojos claros y sin vista. No, lo mío, por ahora (y con esta frase los venezolanos podemos especular de lo lindo) es la cómoda búsqueda del sentido real de la literatura (o cualquier búsqueda que suene lo suficientemente profunda)… y en este caso la liebre gana.

 

La nieve convirtió al mundo en estática, ruido blando alrededor de la casa que el demonio construyó, la tarde que el doctor me permitió salir por primera vez en mucho tiempo. Nunca he sido contagioso. Sólo represento un peligro para mí mismo.

Le pedí a mi hermana que no se preocupase, que si la enfermedad no me había matado, el frío tampoco lo haría.

—No seas tan impaciente —dijo ella—, no se va a acabar el mundo por que no salgas hoy. Espera a mañana, quizá el tiempo mejore.

Pero el mañana no existe, y el ahora refulgía en blancos y atractivos motivos para no permanecer un segundo más en aquella habitación, aquella cama.

Me cubrí con hilo, luego con lana, luego con cuero, y salí.

El aire sucio… Lo echaba tanto de menos.

La casa que el demonio construyó para mí y mi familia no recibe demasiadas visitas, la puerta no suele abrirse a menudo. Minúsculos copos de agua congelada me golpearon la cara. Me quité la bufanda. Una de las criadas me vio, pero yo ya sabía que ella no diría nada a nadie; su cometido en la casa que el demonio construyó estaba claro, bien definido, deshidratado, casi transparente. Se suponía que los criados no hablaban con nadie.

—Buenas tardes —saludé a la mujer.

Ella me ignoró y siguió su camino en dirección a la casa que el demonio construyó, cargando con el peso de un cubo que, desde mi perspectiva, parecía contener infinitas lágrimas a punto de ser hielo.

Moví una pierna, luego otra.

Caminé por el sendero, cuesta abajo, que lleva hacia el pueblo, sacando la lengua para que los copos de nieve posasen en ella su sabor a cenizas y entrecerrando los ojos cada vez que los árboles intentaban despistarme del camino. Me crucé con otras dos criadas que cargaban cubos para los habitantes de la casa que el demonio construyó, ambas mudas y distantes, sumisas a lo caprichoso de sus tareas. El doctor se había asegurado de que así fuese cosiéndoles la boca y uno de los ojos con gruesos cordones negros, hacía mucho tiempo, antes de mi enfermedad.

El pueblo era una catarsis en cámara lenta, en contraposición con el zumbido irregular de mi paseo por sus calles. Todos estaban en el bar, claro; es el único sitio al que acudir cuando el cielo se vuelve de plomo y los ángeles lloran, ateridos de frío.

Volví la vista atrás y la casa que el demonio construyó se difuminó en los bordes de la percepción, arropada por la ventisca.

Al entrar en el bar, algunos reconocieron mi cara y susurraron mi nombre.

—Oneiros… —les oí decir.

Durante cuarenta latidos del corazón, se hilvanaron historias sin palabras a mi alrededor. Se contó la leyenda en voz baja. Alguien se ofreció a pagarme una copa.

Bebidas inteligentes. No teníamos de eso en la casa que el demonio construyó.

—Un cocktail de doncella… —dijo el camarero, dejando frente a mí, sobre el espacio en la barra en el que me había acomodado, un vaso largo lleno hasta arriba de un líquido espeso, cuyo color oscilaba del lila pálido a un azul distraído de lo más atractivo.

—¿Qué es esto? —pregunté, movido por la curiosidad.

—Mango, Blue Tropic y un combinado de Amanita muscaria con Belladonna, sin los alcaloides psicotrópicos.

Di un trago corto.

—Está bueno. —Cortesía de aquel señor… —el camarero señaló en dirección a un hombre sentado en una de las mesas junto a la puerta del local.

No soy contagioso, nunca lo he sido. Sólo represento un peligro para mí mismo. Pero aún así, preferí no dejarme llevar por el entusiasmo de haber hecho un nuevo amigo fuera de la casa que el demonio construyó y me limité a saludar con la cabeza a mi benefactor. Nuestras miradas se cruzaron un segundo y los cuchicheos a nuestro alrededor subieron de volumen.

No había mujeres en el bar. El desconocido y yo estábamos recubiertos de una capa de voces masculinas quebradas y siseantes.

Uno de los hombres se acercó a la barra, manteniendo una distancia prudencial conmigo. Pagó sus bebidas y, sin recoger el cambio, se dio la vuelta en dirección a la puerta. Arrastraba su pierna izquierda todo lo rápido que ésta le permitía, tratando de salir del bar cuanto antes, mientras mascullaba entre dientes.

—Estamos todos muertos —dijo.

Me volví en busca de una señal que me indicase qué había querido decir el hombre. Se hizo el silencio.

El camarero puso otro vaso en el lugar que había ocupado el que acababa de apurar.

—No, gracias —me excusé, satisfecho con la experiencia que para mis sentidos había representado la bebida anterior.

—Bebe —replicó el camarero, tajante, autoritario y asustado—. Ésta la paga la casa.

—Gracias.

—No quiero problemas en mi local. Si has venido a decirnos algo, hazlo ya… Pero no nos dejes con la duda… ¿Quién va a ser el siguiente?

—¿El siguiente para qué?

—¿A quién se van a llevar a esa casa del infierno?

—¿También vosotros estáis enfermos? El doctor dice…

—¡No te hagas el idiota! Si tú estás aquí es que no han sido capaces de encontrar una cura, que tienen que seguir con el experimento y…

Una ráfaga chirriante de recuerdos se apoderó de mi cabeza, y me vi incapaz de escuchar las últimas palabras del camarero. Frente a mis ojos, flotando entre el lila y el azul de la bebida, imágenes de guerra… turbantes contra gorras de béisbol, luego hermanos contra hermanos… Las palabras pulso electromagnético, cuando Dios escupió sobre todos nosotros desde el desierto… Mi hijo, al que no recordaba, dibujando un animal imposible, con boca de serpiente, cuerpo de gato y pelaje de erizo, que bautizó con el nombre del virus, de lo que fuese que cayo sobre todos nosotros… Los sicarios del demonio, supervisando el transporte aéreo de la casa a la que todos los que no se deshacían por las calles del pueblo íbamos a morir… Mi mujer, vomitándose a sí misma…

La casa que el demonio construyó, purgándome… Contándome historias acerca de una guerra que había acabado demasiado pronto, que había alterado las tornas de la normalidad y había convertido a los no-infectados, como yo, en los cobayas mártires destinados a salvar al resto de sus congéneres… Historias de un mundo envejecido, con más pasado que futuro, hasta el punto de que la minoría sana era sacrificada, sometida al dolor de la enfermedad y el experimento, olvidada, con sus bocas y ojos cosidos, útil sólo para servir… Un mundo en que los enfermos pagan las copas del demonio para que no se los confunda con…

—Pero yo os he curado…—le dije al camarero, envuelto en el vapor de la epifanía—. El doctor me ha dejado salir, con un mensaje… Yo soy el antígeno. Mi sangre es vuestro futuro.

Y entonces todos los oídos presentes en aquel bar se volvieron tolerantes a la risa, los maridos lloraron, los hijos brindaron por los buenos tiempos que estaban a punto de llegar y los solitarios, como mi nuevo amigo, bajaron la vista a sus pies y se convencieron de que no estaban soñando.

La nieve cesó.

El pueblo dejó de quemar a sus muertos.

 

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Necronomicón
Segunda Época. Año 5. N° 12.
Junio 2006

Editor: Jorge L. De Abreu
UBIK, Asociación Venezolana de Ciencia Ficción y Fantasía
http://www.avcff.org/ubik.htm
Caracas, Venezuela.

 

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