

Necronomicón
Segunda Época. Año 5. N° 13. Octubre, 2006
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Llegamos al significativo trece. Un número que ha sido asociado con calamidades. En la secuencia numérica no tiene nada de especial,
está entre el doce y el catorce. De lo más normal en apariencia, convive con los otros números, discreto, pero tiene un secreto. Uno que no le puede contar
a los demás números; una dislocación que lo diferencia y lo encuadra en otro escenario, donde las reglas se subvierten y se hacen retorcidas. Así el trece se
sonríe, comparte con sus pares (y también con sus impares), pero lleva una doble vida, una normal y cotidiana, y otra oscura, clandestina.
Amor de madre por José María Tamparillas
José María siente un especial deleite al escribir. Un delicioso poder que surge de su mente, de sus ideas, y recorre fulminante su cuerpo para salir
por sus manos convertido en palabras que tejen secuencias de vidas que no le son ajenas. El terror lo subyuga, Poe, King y, especialmente, el maestro Lovecraft lo
convirtieron en un adepto de la oscuridad. Al igual que un antiguo árabe, la visión de la ciudad sin nombre lo transformó. Es un buscador infatigable de lo ominoso,
rascando la cotidianidad hasta descubrir la realidad subyacente, terrible y brutal. Le fascina retar la percepción de sus lectores, inducirlos a un viaje donde el
destino es la oscuridad de la conciencia. La literatura le permite esa liberación de las barreras mundanas, para rasgar la sutil membrana que lo separa del horror y
bucear en las posibilidades que le deparan las situaciones simples de la vida.
Amor de madre es un ejemplo didáctico de esa visión: El horror que permea en todas
las situaciones del hombre social, en lo más trivial o lo intrínsecamente complejo. En
Amor de madre hasta la violencia doméstica puede dejar de ser políticamente
correcta.
—Es un monstruo —dijo el padre. —Es nuestro hijo —respondió la madre. —Es tu hijo — dijo él cargando la cara de odio al pronunciar el posesivo—. Lo pariste tú, lo engendraste tú. Sabe dios con quién, zorra. No es mi hijo. Es una bestia. La abofeteó. Lo hizo una y otra vez, con el deleite que da el ver satisfecha la frustración machacando a un inocente. El bebé lloraba en su cuna. Lloraba sin lágrimas, ella sabía que lo hacía, sí; cuando se es madre, eso, saberlo, es lo natural. Les miraba. Tenía los dientes afilados. Nada podía evitar un escalofrío al verse envuelto en aquella mirada de ojos de lobo que no tenía ya nada de infantil. Luego estaba eso… eso que parecían unas piernas, pero que no lo eran. Su constante rebullir bajo la mantita, rebullir de docenas de culebras nerviosas. —La bestia sólo tiene hambre. Siempre tiene hambre —dijo el hombre señalando al crío—. Parece que tu leche sea basura inservible para él; justo castigo, zorra. —Se sentó en el sillón. Apartó de un empujón la pequeña mesa de centro, tirando al suelo el pesado cenicero de cristal—. Pero así es mejor. Así se muera y desaparezca de mi vida. Así os marchéis los dos y me dejéis en paz. Ella recogió el cenicero del suelo, silenciosa y resentida. El niño, la criatura, hipó. Miró a su madre, como previendo lo que ella iba a hacer cambió el llanto por una seca carcajada. El primer golpe le pilló por sorpresa. Era un hombre fuerte y violento, seguro de su dominio brutal, de su presencia inquietante. Quizá por eso no supo reaccionar. Su faz se descompuso con una mueca de incomprensión, casi de súplica. Cayó de rodillas, con un hilo de sangre corriéndole por la frente. Ella golpeó de nuevo. Lo hizo con saña. Golpeó una y otra vez el cuerpo, los brazos, la cabeza, presa de una efervescencia demente, hasta que aquel rostro se borró en una máscara descompuesta y la sangre salpicó su ropa, su rostro y las paredes de arriba abajo. Nunca imaginó que pudiera poseer un color tan vivo, tan brillante y atractivo. El bebe lloraba otra vez. Una docena de piernecitas se agitaban con una exaltación demencial. Estaba como loco, tenía la mirada descompuesta por una expresión de avidez como ella nunca había visto en él. El hombre era un saco malogrado, un guiñapo que se convulsionaba de vez en cuando tumbado en el suelo. La piel perdía color, los ojos brillo, conforme la vida se le escapaba. El bebe tenía hambre. Ella lo cogió de su cuna y lo acercó a su regazo; lo apoyó sobre sus pechos marchitos. Con la otra mano dejó caer el cenicero al suelo. —Mi niño, mi dulce niño. Éste ya no lloraba. Con deleite diabólico recorría con su lengua la tela de su blusa empapada en sangre, llegando a morderla con expresión complacida. La madre sonrió, comprendió y dejó al bebé sobre el cadáver. Los tentáculos abrazaron el cuello del cuerpo con malsana avidez. —Come mi niño, come. Su niño jamás iba a pasar hambre, jamás. Ese era el deber de una madre, la obligación de un buen padre...
El fin de la soledad
por Néstor Darío Figueiras
Esta es la tercera aparición de Néstor en Necronomicón. Ya tiene cuatro relatos en nuestra base de datos:
Enfermo terminal y
Según como
se mire (Necronomicón 7) y
Financiación (Necronomicón 10). Por alguna oscura razón las historias de Néstor Darío inspiran a Juan Raffo, tal vez sea algún símbolo
oculto o una convención abominable que se establece entre el autor y el lector a través de la obra y que culmina en la visión del artista, plasmada en demenciales
trazos en escala de grises. Sin entrar en honduras, la dinámica gráfica de Juan capta excelentemente el ambiente de
El fin de la soledad. Un relato que fue tomando
forma paulatinamente y a partir de las acertadas sugerencias de Laura Ponce adquiere su encarnación definitiva que se circunscribe en el mismo universo de
Enfermo terminal. Las tres de la mañana, y el maldito colectivo no viene. Hace una hora que lo esperas bajo la garúa fría que no cesa. Como todas las noches, lamentas que esta calle sea tan solitaria. No dejas de vigilar el manicomio que domina la cuadra, al otro lado del pavimento. Una sirena a lo lejos… No parece una ambulancia. Piensas que es un patrullero que ronda por ahí, en busca de violadores o ladrones. Pero sabes que lo más probable es que los oficiales estén forzando a algún travesti, amenazándolo con encerrarlo si no les hace un “completito”. Como todas las noches, los gritos escalofriantes de los locos del manicomio te recuerdan que no debes dejar de vigilar. Has oído las cosas que se cuentan de ese lugar… Aterrada, vuelves a atisbar las innumerables ventanas que titilan en la mole de cemento mohoso. Son como ojos luminosos. Nuevamente otro grito. Y otro. Te percatas de que las luces mortecinas merman con cada alarido, como amagando un apagón. Pero sabes que la causa de esos gritos eres tú, y no el electroshock. En medio de la llovizna barrosa, que telegrafía señales secretas sobre el techo de chapa de la parada, se impone un ruido de vidrios rotos. Entonces una sombra desaforada se echa a correr por
La bestia se abalanza hacia ti, con las manos prestas a romperte el cuello. Entonces el colectivo, irrefrenable y mortífero, la intercepta en la mitad del asfalto, golpeando su cuerpo magullado. El ruido a huesos rotos, sordo y fuerte, se transforma bajo las ruedas en múltiples chasquidos y crujidos. Luego, el chirrido largo y humeante de los frenos. Los gritos de guardias y enfermeros se pierden en el ulular oscilante y estrepitoso de la alarma del manicomio. La llovizna implacable va arrastrando lentamente la sangre del cuerpo destrozado hacia las alcantarillas. Esa sangre impía hace que vomites entre espasmos y cólicos agudos. Bilis y jugos gástricos, nada más, porque no te has alimentado bien últimamente. Tú, muerta de miedo, y el chofer, imperturbable y paciente, se dejan llevar dócilmente a la comisaría, y prestan declaración ante los oficiales haraganes e ineptos. Te sorprende que no se molesten en verificar las identidades de ambos. Te asombra que basten tu asustado “nada más esperaba el colectivo, fue todo tan repentino que no pude ver bien lo que pasó” y el seco “no los vi, ni al loco ni a ella” del chofer ojeroso. Sólo cuando se les permite irse reparas en su extrema palidez, en su andar sigiloso y en las uñas de sus manos, largas y afiladas. Ya en la calle, donde agradeces que a las cinco de la mañana la oscuridad morosa de las noches invernales se resista a irse, te guiña un ojo, como dos horas antes lo hiciera con los faroles. —Eres nueva, ¿no? Te he observado durante las últimas noches, cuando subes al colectivo... Intentas decirle que no sabes de qué está hablando. —No te preocupes, todos tuvimos miedo al comienzo. Supe que iba a matarte, por eso lo atropellé. Algunos dementes intuyen nuestra presencia y son compelidos a destruirnos. Si no aprendes a usar tus poderes no sobrevivirás. ¿Cómo crees que nos zafamos de la policía? Y búscate un empleo nocturno. Es lo mejor. En mi caso es fácil, los pasajeros casi siempre están adormilados, drogados o borrachos, y no oponen resistencia cuando los muerdo… Mientras se despide, algo que creías perdido para siempre se agita donde alguna vez latió tu corazón: la esperanza. La sonrisa te dura incluso cuando bajas la tapa del ataúd y te sumerges en las sombras; porque sabes que nunca más estarás sola, y eso aleja todos los temores.
Victoriano Alcántara
por Gabriel Impaglione
Victoriano Alcántara es una historia diferente de hombres lobos. Es un relato impregnado de leyendas, de cuentos de pueblo, de chismes de comadronas y
charlatanerías de borrachines. Más que la tragedia de un destino familiar o los mitos terribles que han exterminado al lobo, Victoriano Alcántara es la
nostalgia por el pasado, por todo aquello que se ha perdido y sólo queda en el recuerdo.
Cuando Victoriano Alcántara cerró la puerta, un escalofrío trepando por su espalda le mordió la nuca como un
reptil
fantástico. Afuera la noche ensanchaba sus latidos sobre los perros atentos. Un viento negro escurría de prisa su largo vestido.
Entre bota y bota sonando como tambor lejano contra el piso, la casa callaba meciendo un oleaje de penumbras. El hombre bajo la toalla se miró de nuevo en el espejo. Sólo un breve gesto tenso, todavía. Sin importancia. Sin rastros de sangre, magullones, dientes rotos. Apenas los
ojos negros dilatados como los perros que afuera deambulaban la noche, nerviosos. Que andaban atentos con todos sus colmillos atentos, deambulando. Victoriano —correntino, peón de albañil, soltero, treinta años— conocía de memoria historias de muerte y lobizones. Desde chico fue acostumbrándose a relatar apariciones
y abrir senderos por el monte. En más de una noche de luna llena clavó sus ojos en la punta de los pies, como si fueran una presa codiciada, mientras las manos morenas raspaban su cara en busca de
cualquier indicio imprevisto, desesperadamente invadido de miedos y de habladurías. Su familia no hizo otra cosa que trabajar por nada, como si trabajar fuera deber de ocupación gratuita para los pobres. Mejor dicho: sus padres no hicieron otra cosa que
trabajar por nada. Vales por tabaco y yerba a cambio de veinte horas diarias de desmonte en los feudos de ilustres apellidos que decoran las calles de las ciudades.
Serpiente y desmonte y hambre. Los hermanos de Victoriano representaban un abanico de malos ejemplos, cretinadas e hipocresía santulona sin igual, sobre cuyos pormenores llegaron a dedicar algunas
columnas los diarios de los pueblos cercanos. El anteúltimo de los Alcántara fue ubicado de monaguillo en una parroquia, por una tía fanática de no recuerdo bien qué
congregación. Para desaliento de la mujer, el chico no entró en el seminario sino como mandadero oficial, ocupación ideal para vivir de arriba en Santa Fe. Adalberto, el mayor de los siete
Alcántara, graduado con honores de contrabandista en la Triple Frontera. Los mellizos, par simpático si lo había en todo Corrientes,
cadetes desde los doce años en una gran tienda de Resistencia, hasta que los descubrieron revendiendo mercadería y fueron a parar a la calle, aunque un concejal de la
capital, que andaba entreverado en esos asuntos de reventa, los hizo entrar a la administración pública de encargados de no sé qué área de Compras de la Municipalidad. Crisóstomo Segundo, quien fue dado a luz justo cuando Adalberto inflaba los pulmones para soplar las velitas de su primer cumpleaños, se dedicó a la política como
guardaespaldas de un mandamás del Pacto en Paso de los Libres. Julián, de quien poco podrían comentar las comadres memoriosas, era trece meses mayor que el fallido
aprendiz de curita. En algún momento de su vida abrazó la artesanía regional, pero en los últimos tiempos se ganaba unos pesos como mercachifle y revendedor de baratijas
a pilas en Uruguayana. Victoriano tuvo hasta los dieciocho una vida tranquila, anónima, sin roces con sus semejantes. Hizo el servicio militar en Entre Ríos, y allí comenzaron a chorrearle las
penurias. Le daba por morder a los conscriptos dormidos. Lo molieron a palos varias veces y hasta conoció las asperezas de la celda gracias a sus irrefrenables impulsos.
Después, enganchado de cabo en el Ejército, comenzó a hacer carrera. Hasta que un día metálico de enero, un tal José Ignacio Cabañas, de guardia en los arsenales, lo
vio
correr en cuatro patas, zigzagueando entre unos tambores de combustible. Lo encontraron jadeando boca arriba. En el pueblo dijeron —que decía un principal— que se había contagiado alguna porquería con la hija del despensero, que tenía ideas raras. No pudo haberse puesto tan malo ese gurí, se lamentaba un sargento mayor de apellido Loria, que lo tuvo a cargo cuando manejaba un camión cisterna. Lo cierto es que a Victoriano Alcántara, después de algunas juntas médicas, le dieron licencia por tiempo indeterminado. Los perros gimieron mientras encendía la lámpara de la cocina. Se calzó las botas y una gorra. El viento negro regresaba con un bramido que se enredaba en las arboledas.
Alcántara, trabajosamente, garabateó una breve nota con su mano izquierda. Cierta sirena agitaba a los perros que ladraban diferente. Victoriano descolgó el
Máuser
descargado, con mira telescópica. En otros tiempos supo matar varios leones de un sólo tiro, comentaría después un hombre conocedor de las andanzas del milico por el monte.
Le hizo un gran favor a la gente,
afirmaría una anciana de negro casi como un rezo, cerrando los ojos y persignándose. Alcántara se detuvo frente a la puerta cerrada. La villa, ahora, hervía bajo una espesa expectativa. Se escucharon pisadas de varios hombres. —¡Salí correntino, estás rodeado! —gritó un agente.
Victoriano acompañó la inconclusa ronda de la puerta con un leve movimiento de su mano, mostrándose de cuerpo entero, a contraluz, sin respuestas, ni gestos, ni palabras.
Sin pensar en nada. Alzó el Máuser hasta el hombro apuntando despacio. Una lluvia de muerte lo partió en cuatro. Dicen que al frente de la partida estaba un sargento gordo y hablador que no dejaba de repetir algo acerca de una bala de plata. Victoriano Alcántara quedó allí, en medio de su sangre, como cualquier cristiano.
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