Necronomicón

Segunda Época. Año 5. N° 14. Febrero, 2007

Richard Dawkins al final de su libro “El gen egoísta” construye el concepto del gen cultural: lo llama meme. Memes son el Necronomicón, Cthulhu, Nyarlathotep, Yog-Sothoth, Shub-Niggurath, los seres fúngicos de Yuggoth, los antiguos, los profundos, shoggoths, R’lyeh, Leng, la Universidad de Miskatonic, Arkham, Innsmouth, Dunwich y tantas otras. Son palabras que evocan historias, mundos donde la fractura de la normalidad es la regla. Un fabuloso universo dentro de la literatura de terror que debe su existencia a la imaginación de un solo hombre: Howard Phillips Lovecraft. Fenómeno literario que generó una escuela que aún hoy, tan cercanos al setenta aniversario de la desaparición física del hombre de Providence, sigue produciendo nuevas historias de terror, día a día, para beneficio de todos sus lectores.
En este número, plenamente español, Manuel Torcuato, Javier Arnau e Iván Olmedo son los encargados de animar el ambiente con sus ficciones. El terror de Torcuato y Olmedo corre parejo con la no menos inquietante Ciencia Ficción de Arnau. Este es un número breve, contundente y exquisito. Disfruten de la literatura donde cada palabra cuenta.

 

Juan en penumbra

por Iván Olmedo

Iván Olmedo es un escritor español que gusta del terror. Escribe sobre mundos engañosamente familiares que parece conocer de sobra y en las palabras que engrana es muy cuidadoso sobre lo que revela, tal vez atado por una promesa de innominable naturaleza. Su estilo es sobrio y elegante; gusta de hacer pensar al lector, de retarlo con pistas y luego dejarle sólo para que arme su propia historia. En este número nos regala dos piezas cortas de horror, de mundos extraños y terribles, ajenos al nuestro, pero que están incrustados a la fuerza en nuestra realidad con el único objetivo de hacernos dudar de la universalidad de nuestro entorno cotidiano.
Iván Olmedo participa activamente desde 2002 en la actividad literaria del género fantástico en Internet, siendo asiduo colaborador de los sitios Cyberdark.net, Sitio de Ciencia Ficción y Estación de nieblas. Ha publicado relatos en Los Diletantes de Lovecraft, Cartas desde Innsmouth, Artifex Segunda y Tercera Época, Nitecuento, Parnaso, Axxón y Efímero. Sus últimas publicaciones son el microrrelato El tamaño si importa en el número de enero de la publicación electrónica Literatura comprimida y el guión de la historieta Nel frascu, ganadora del IV Concurso de la Comarca de la Sidra, con ilustraciones de Carolina González, aparecido en la revista Comic n asturianu.

 

El escenario es ese parking al lado de la Universidad, con plazas tan estrechas que a Juan no le gusta nada. Se acuerda de que hace un par de años aquí robó unos tapones de esos de los neumáticos del coche, porque los suyos habían desaparecido. Juan consideraba justo adquirir unos nuevos por el mismo método. Hoy, dos años después, su Ford Fiesta está incrustado en uno de esos nichos de ridículo tamaño. Belén, la flaca, está dentro con él. Siente, como la vez aquella de los tapones, que está robando algo a alguien; pero es una comparación absurda, por supuesto.

 “Dame un beso” “No” “¿Por qué?, ¿qué pasa?” “Nada, es que...” “No va a vernos nadie” “Por si acaso...”

Juan ha vivido ya esta situación unas cuantas veces. La oscuridad del aparcamiento no parece ser suficiente para que ella se decida. Quizás deba mostrarle la oscuridad que llena su corazón.

Arranca el motor y da marcha atrás muy despacio, por temor a rozar una de las columnas con la chapa del coche. En su pensamiento no hay marcha atrás. Intentó salvar a Belén con un beso, como a las otras. Perdió su oportunidad. La llevará cuanto antes al descampado del cementerio. Sus hermanos no muertos estarán ya impacientes... han vuelto a ganar.

Dentro de tres noches, Belén también será su hermana.

 

Piano man

por Iván Olmedo

Dicen que la noche de su desgracia, en el barco se celebraba un gran funeral. Uno de los más Antiguos había abandonado este plano de existencia, quizás para siempre. Los lacayos humanos desearon, a su modo tradicional, despedirse con música; una pieza fúnebre de cuatrocientos años, muy joven en comparación con aquél cuya marcha envolvía en acordes aplastantes. El pianista, al que las chicas (y los chicos) adoraban, no entendía en este mundo más que lo que su música le dictaba, y aunque no sabía exactamente para quién (¿o qué?) desataba su arte, cumplió, entusiasmado por ser el centro de atención. Pero la noche era muy larga, y el ambiente del gran salón, opresivo. El joven estaba bebiendo desde que se sentara ante el piano. Vodka sueco, claro. Los efectos de la bebida patria, que otrora adormecieran sus sentidos, entraron en comunión con las miasmas que parecían rodear el barco, y consiguieron exaltar sus nervios. Cuando le pareció ver que en la sala había mucha más gente de la que embarcara en un puerto ya olvidado, comenzó a sentirse enfermo. Mucha más gente, de rara tez y miembros mal proporcionados, que parecía reflejarse en los espejos como borrones de bruma. Una botella de vodka se rompió, y los cristales, caídos junto al taburete del músico, reflejaron las últimas luces, antes de que se apagaran.

No sabemos si lo arrojaron por la borda o él mismo huyó al seno de las olas. Probablemente esto último. Su cuerpo fue encontrado cerca de la costa inglesa, empapado y caminando sin dirección. Su espíritu seguía a bordo del enorme barco que, tragado por la noche, tomaba rumbo hacia el puerto más profundo de todos, envuelto en locos y desagradables acordes de piano.

 

De la lucha de clases en el más allá

por Manuel Torcuato

Manuel Torcuato es un escritor español cuyo nombre se comienza a ver con frecuencia en las publicaciones literarias de la red. Recientemente ha publicado relatos en Qliphoth y Axxón.
Aunque estudió derecho, jamás ha ejercido en tribunales, ni quiere saber de leyes… a menos que su vida esté en juego. Tanto es así que ha desempeñado labores de mesero, cocinero, cajero de supermercado, traductor y cartero. Cuando ejercía de esto último le tocó en suerte llevar una carta con la estampilla de Adolfo Hitler; nunca supo si aquello fue un dislate temporal o el desvarío de una institución postal. Vivió varios años en el Reino Unido y fue allí donde le sucedió lo de Hitler (eclécticos los británicos). Estando allá, también se introdujo una noche (algo bebido) en la galería de los horrores de un museo de cera, a la espera de algún suceso fantástico o aterrador (o ambas cosas) que le sirviera de inspiración. Aunque la experiencia fuera en vano, le enseñó que los verdaderos monstruos están en nuestro interior. Desde entonces la literatura le parece el medio más seguro para encontrarse con el horror que nos rodea. Actualmente vive en Madrid, en un apartamento lleno de libros y tebeos. El viejo convento que se ve a través de su ventana le sirve de inspiración, sobre todo cuando en las noches de luna llena el plateado jardín aparece más animado que de costumbre, con docenas de figuras silenciosas que se dedican a labores de antaño que hasta el tiempo olvidó.
Coherente con su aprendizaje literario, Manuel nos demuestra en el presente relato que el miedo no es la única reacción que pueden desencadenar los sucesos paranormales.

 

 

Cómo amo el pasado, amigo mío. Así como a los pobres vestigios del naufragio incesante del presente. Me gustaría relatarte algunas epifanías, súbitas apariciones de lo perdido y olvidado, que tienen para mí todo el fulgor de lo nuevo. Me ocurren de continuo, y son de gran ayuda para sobrellevar la vida. Aquí va una, a título de ejemplo.

Camino por Moncloa, el barrio de Madrid que más reliquias guarda de esa tempestad de hierro y fuego que se abatió sobre nuestro país, hace ya tanto. Alzo la mirada y contemplo el arco del triunfo. Leo la leyenda que los vencedores inscribieron en el ampuloso monumento.

MVNIFICENCIA REGIA CONDITA
AB HISPANORVM DVCE RESTAURATA
AEDES STVDIORUM MATRITENSIS
FLORESCIT IN CONSPECTU DEI

Luego recuerdo que en cierta ocasión un amigo latinista me aseguró que el texto en loa de Franco estaba escrito en un latín deleznable. Pero no recuerdo el significado de lo que mi amigo tradujo. De súbito, sin ningún pensamiento que lo justifique, me veo poseído por un odio repentino hacia el dictador, tan intenso que tengo que detenerme en mi camino y ponerme en cuclillas, con los brazos en torno al cuerpo. Ilustración por Juan Raffo basada en la historia de "De la lucha de clases en el más allá" de Manuel TorcuatoLos estudiantes que por allí transitan se alejan de mí en su caminar, pues intuyen, oscuramente, que he sido ungido con el óleo sagrado de otros tiempos. Levanto la vista hacia el monumento, hacia la cuadriga de bronce. Palabras feroces contra el fascismo, en francés, en italiano, en lenguas que no identifico (¿quizás el polaco o el checo?) irrumpen en mi mente, en una polifonía del odio. Sin embargo, yo siempre he sido de aquellos a los que, —en un tiempo más hermoso, en que hasta los insultos tenían cierta nobleza— se denominaba reaccionarios. Detesto nuestra época por su necedad infinita, y el franquismo, al menos, intentó mantener, sin mucho éxito, algunos rasgos de una época mejor, cuando a Europa la gobernaban las aristocracias de sangre, y no las del dinero y la vileza. ¿Por qué entonces ese odio? A medida que las palabras se apagan en mi mente y la intensa pasión se difumina, encuentro la respuesta. He sido poseído por los espectros de las Brigadas Internacionales, que allí lucharon y murieron, en las facultades y en los desmontes de la ciudad universitaria. Y me siento muy cerca de aquellos soldados, por muy de izquierdas que fueran y por muy bravamente que lucharan por la República. Pues están muertos, al contrario que mis correligionarios de la Alianza Tradicionalista Española; algo que me aleja irremediablemente de estos últimos, pese a la afinidad ideológica. Solo un muerto puede ser un auténtico conservador, pues ha escapado a la obscena innovación, incesante y sin propósito, de la vida. De la posesión que he sufrido me quedan tan solo unos pocos nombres en la lengua: Dino, Andrzej, Didier. Y me alegra que sigan la lucha en sus casamatas y en sus trincheras, más allá del tiempo. Sin posibilidad de derrota o de victoria. Sólo el olor a pólvora y el silbido de las balas, en el país espectral de nuestros muertos.

 

 

El saludo

por J. Javier Arnau

J. Javier Arnau ha aprendido una técnica secreta. El problema es que todavía no conozco su naturaleza. Podría ser la clonación, multiplicándose a si mismo extensivamente, o tal vez posea el control del tiempo y pueda viajar hacia delante y hacia atrás a su antojo. Es la única manera en que puedo explicar sus múltiples actividades. Claro, también puede ser que una persona tan proclive al reposo trascendental como yo, no pueda entender tales niveles de energía generosamente radiados al medio.
Javier fue colaborador del conocido sitio Cyberdark.net y ha publicado innumerables cuentos, reseñas, artículos y poemas en Pulsar fanzine, Alfa Eridiani, NGC 3660, Annlea, Efímero, La Página de los Cuentos, C30 —Cuentos para la Espera—, Sedice.com, Qliphoth, Tierras de Acero, ElMundo.es, Axxon, Rock Sonora...
Recientemente aparecieron dos poemas suyos en la revista Miasma, uno en Tierras de Acero Magazine, y fue editado por Ediciones Efímeras el poemario digital Paisajes de Ciencia Ficción, descargable gratuitamente desde la web de la editorial. En breve aparecerán más cosas, ya preparadas.
Para animar su tiempo de ocio se ha dedicado al teatro (como director y escritor de un grupo aficionado, La Farola Apedreá) y a un programa en la Televisión Local de Sagunto, Canal 7 (escribiendo los guiones y actuando en el mismo). Su hermano Carlos colabora estrechamente con él y planean a corto plazo volver a publicar su fanzine Eclipse —ahora La Celda del Tiempo Perdido— y (auto)editar un libro de relatos.
Quien tenga más curiosidad sobre Javier puede leer más sobre él en sus blogs (como podrán imaginar no tiene uno solo): Por si acaso: previniendo desastres, Delirios varios y Currículum literario (en ese  último podrán leer los anuncios de su incansable labor literaria).
En esta oportunidad los dejo con dos relatos muy cortos de Javier donde el denominador común, más allá de la Ciencia Ficción, parece ser los cataclismos a nivel planetario.

 

Las mandíbulas de aquel extraño planeta azul estuvieron a punto de tragarse a la nave con toda su tripulación.

Evidentemente, tal maniobra del planeta pilló desprevenido a todo el mundo a bordo del cohete. Y no porque no les hubiera pasado anteriormente cosas similares, sino porque no esperaban nada parecido de un planeta azul. Y menos de uno tan frío, supuestamente incapaz de albergar vida inteligente, como parecía ser este, al ser el tercero a partir de su sol.

De todas maneras, intentaron solventar la situación sobriamente, dada su larga experiencia en el espacio profundo.

Desde el planeta llamado Tierra por sus habitantes, se sintieron defraudados al ver que su salva de saludo de fuegos artificiales universales era pasada por alto por aquella nave. La gran explosión planetaria, elegida por todos los pueblos como saludo, que se asemejaba a una gran flor, embelleció el cielo durante unos momentos; cuando su fulgor menguó, vieron que la nave había dado unos bruscos bandazos, como si se hubieran encontrado meteoritos en su trayectoria.

Pero en unos momentos, la alegría del primer contacto reapareció, pues vieron que desde la nave lanzaban unos fuegos de artificio en respuesta a su saludo.

Desde la nave, el capitán ordenó el contraataque contra aquel planeta que les había atacado. Un par de descargas serían suficientes —pensó—; pero era mejor no arriesgarse, y lanzó una salva completa.

Incluso, para mayor seguridad del tránsito en la zona, lo mejor sería destruir el sol de aquel sistema.

 

Un punto de distracción

por J. Javier Arnau

El cielo estaba adquiriendo la consistencia de la melaza fría. Las naves de ataque saturaban todo el firmamento que se podía divisar, normalmente, desde las torres de la única gran ciudad en que se había convertido el planeta.

El contraataque, por el contrario, fue en otro plano de la realidad, en un subespacio convergente con las naves enemigas; sus comandantes no se esperaban esa clase de ataque, sus espías no habían informado de nada parecido, ni sus científicos tenían noticia alguna de esa subestructura del espacio- tiempo.

Las naves defensoras aparecían súbitamente como un punto cuasi microscópico, como esas motas que sólo se vislumbran con el rabillo del ojo, pero que cuando intentas definirlas, desaparecen. Así era el ataque; convergían los átomos de las naves en un continuum definido por la posición de la nave enemiga, dejaban sus cargas de explosivo, y desaparecían de nuevo.

Los tripulantes de las naves enemigas morían sin llegar a saber a ciencia cierta qué ocurría. Posteriormente, se dieron cuenta de la aparición de esos puntos justo antes de la detonación; pero entonces, evidentemente, era demasiado tarde. Las miles de naves enemigas fueron destruidas en breves momentos, y el espacio volvió a estar despejado de nuevo, ya que incluso la subestructura absorbía los restos.

Así, el pueblo del planeta Dementer IV, gracias a su increíble capacidad de adaptarse a casi cualquier situación, salió vencedor una vez más.

No en vano, habían resistido durante siglos los intentos de invasión por parte de los ejércitos de cientos de planetas.

 

 

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Necronomicón
Segunda Época. Año 5. N° 14.
Febrero 2007

Editor: Jorge L. De Abreu
UBIK, Asociación Venezolana de Ciencia Ficción y Fantasía
http://www.avcff.org/ubik.htm
Caracas, Venezuela.

 

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