Necronomicón

Segunda Época. Año 6. N° 15. Mayo, 2007

Editar el Necronomicón es un placer. Imagino que seguramente es un placer menor al que experimentó Alhazred cuando escribió el primer Necronomicón, pero tiene una ventaja: no hay posibilidad de que te vuelvas loco… Miento, hasta en eso el parecido desasosiega. Las visiones de terror de algunos escritores me hacen dudar de querer conocerlos en persona; con el resto no dudo, temo. Tal vez lo más seguro de editar el Necronomicón sean esas distancias que nos separan. Mi salud mental está bajo fuego continuo, pero mi salud física está resguardada. Ninguno de los autores puede poner en práctica sobre mi pobre humanidad algunas de sus ideas más revolucionarias. Tampoco pueden reclamarme las demoras cuando me interno en mis queridos paquetes de tiempo lento (y si desean profundizar sobre ese tema los invito a leer mi editorial del número doce y de paso leerse los cuentos que siempre son mucho mejores que lo que yo escribo), como máximo pueden decirme cosas subidas de tono, pero nunca la perturbación mental causada por sus palabras agrava mi natural desequilibrio de neurotransmisores. He vuelto a mentir, los escritores son siempre muy amables y comprensivos, me brindan la increíble y relajante oportunidad, aunque siempre inquietante, de vislumbrar otros universos. Disfruto inmensamente esos episodios de calma lectura, deleitándome en la suave transición de las palabras, la sutil evolución de la trama y el horrísono crujir del mundo a mi alrededor. Es una experiencia que no cambiaría por nada, bueno a lo mejor sí... quizás por una noche segura. Por eso me encanta editar el Necronomicón, conocer a los autores y sus obras… y luego compartir aquellos mundos con todos ustedes. Relájense, permítanse perder la cordura.

 

En la oscuridad

por José Vicente Ortuño

José Vicente Ortuño, nació en 1958 en Manises, un pueblo cercano a la ciudad de Valencia (España). Es miembro de la TerVa (Tertulia Valenciana), una de las tertulias literarias más activas de España. Durante los años 2004 y 2005 fue vocal de publicaciones de la Junta Directiva de la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (www.aefcft.com) y ha sido uno de los seleccionadores del Fabricante de sueños 2005, antología de relatos que edita anualmente la AEFCFyT, colaborando también en la edición de los Fabricantes de sueños 2004 y 2005, y los Visiones 2004, 2005 y 2006; así como en el boletín informativo para los socios. Es coordinador del taller literario digital: Taller 7 CCF, evaluador-corrector en las revistas Axxón y Sinergia. Mantiene un blog: Via Libris (http://vialibris.onoblogs.com/), en el que comenta libros, anuncia los eventos de la TerVa, cuenta las peripecias de sus mascotas y todas las locuras que se lo ocurren.
Ha publicado relatos en Axxón, Alfa Eridiani, La idea fija, NGC 3660 y Rescepto.
A Ortuño, desde pequeño, se le ocurren historias como la de En la oscuridad; yo, por el contrario, las padecía. Así que en un alarde de lógica aplastante presumo que la culpa de mis terrores pretéritos la tienen los engendros de José Vicente, aquellos que reptaban y rozaban los cristales de mi ventana de cuarto infantil hace pocos años. Por eso cuando encendía mi PDA para leer y valorar el presente relato me asaltaban entrañables recuerdos de aquellas noches en vela, con los ojos en blanco y el sudor frío empapándome las espaldas. ¡Te lo agradezco José Vicente!
Menos mal que ahora soy un machote que me río de esas tonterías… mejor encendemos la luz para leernos este cuento, pero sólo por esta vez.

 

El pequeño David estaba acurrucado en la oscuridad del armario de su cuarto y sentía mucho miedo. Tenía los ojos cerrados con fuerza y se apretaba en el rincón intentando ocupar el menor espacio posible. No quería que nadie lo descubriese, por eso procuraba no moverse, ni hacer ruido al respirar. A pesar de la calefacción de la casa tiritaba de frío. Para que el castañeteo de los dientes no le delatara, mordía con desesperación la manga de su pijama. Deseaba que todo desapareciese y que sólo existiese el oscuro interior del armario, donde creía sentirse seguro. Pero en el exterior sonaron pasos, pesados y cansinos, que le indicaron que más allá de la puerta existía un terror indescriptible. En otras ocasiones, cuando tenía un mal sueño, era suficiente con llamar a su madre y ella venía corriendo a protegerlo y consolarlo. Aunque esta vez temía que nadie vendría a calmarlo con palabras suaves, mientras lo arrullaba entre sus cálidos brazos. Esta vez no era una pesadilla, lo sabía porque tenía mucho frío, el suelo estaba duro y porque había intentado despertar y no lo había conseguido.

Unos minutos antes escuchó como el hombre del saco subía por la escalera, con pasos fuertes y espaciados; como para darle tiempo a paladear el miedo. Él se había tapado con la manta, como hacía siempre que despertaba asustado de una pesadilla. Luego escuchó como el malvado hombre abría la puerta del dormitorio de su madre, primero el crujido del picaporte, luego el leve gruñido de las bisagras y después los pasos lentos que se internaban en la habitación.

No sabía lo que el hombre malo le podía haber hecho a su mamá, pero seguro que era algo terrible. Sus compañeros de guardería le habían contado que el hombre del saco hacía cosas muy malas, “cosas peores que la muerte”, según la abuela de su amigo Kevin. David había visto una vez un gato muerto, tenía los ojos llenos de moscas y de la boca le colgaba la lengua ennegrecida. Suponía que estar muerto dolía y se imaginaba que algo peor debía de doler mucho, sobre todo que le arrancasen a uno la piel para quitarle la grasa. Por eso lo llamaban sacamantecas.

Cuando se dio cuenta de que el sacamantecas estaba en el dormitorio de su madre, salió de la cálida protección de la ropa de cama y se escondió en el armario. Estaba seguro de que allí el hombre malo no lo encontraría. Si su madre no era capaz de encontrarlo cuando jugaban al escondite, seguro que él tampoco lo haría. Al fin y al cabo su madre era la persona mayor más lista que conocía.

Los pasos siniestros se aproximaron, muy despacio, por el pasillo. Parecieron detenerse en la puerta del dormitorio de David. Éste se imaginó al sacamantecas mirando el cuarto, buscándolo. Pensó que tendría que haber apagado la lámpara de la mesilla de noche, que su madre le dejaba siempre encendida. Se encogió más en el rincón del armario. El desconocido entró en la habitación y provocó un ruido inesperado que sobresaltó al pequeño y estuvo a punto de hacerlo gritar. Algo había caído al suelo, pero se dio cuenta de que era su pelota favorita, la reconoció por el sonido que hizo al rebotar varias veces y alejarse luego rodando. Los pasos sonaron cerca del armario. Oyó una respiración pesada en el exterior, un gruñido, una tos bronca, el sonido de un roce contra la puerta, un crujido de la madera. El extraño parecía estar escuchando, para comprobar si había alguien en el interior. David aguantó la respiración y apretó los ojos todavía más. Le dolía todo el cuerpo de estar encogido. Le hubiese gustado poder desaparecer. Sabía que no tenía escapatoria. ¿Dónde está mamá?, se preguntaba.

El picaporte comenzó a girar, con lentitud deliberada, como deleitándose en la espera y, de pronto, la puerta se abrió. David gritó y gritó hasta quedarse sin aliento, pero siguió encogido y con los ojos cerrados, esperando que sucediese algo. Notó que se había orinado, pero no le importó. Sabía que su madre le reñiría. Su madre... ¿por qué no venía ya?

Una mano, grande y áspera como una garra, lo cogió del cuello y lo levantó sin esfuerzo. David se quedó sin respiración y no pudo gritar más. Se sintió desplazado por el aire. Tras quedar un instante suspendido la presión cedió. Cayó y al golpear contra el suelo abrió los ojos. Vio el interior de un saco mugriento que se cerraba sobre él.

 

Nunca soñé

por Rolando Revagliatti

Rolando Revagliatti nació en 1945 en Buenos Aires, ciudad en la que reside. Es psicoanalista y coordinador de talleres de escritura. Publicó dos volúmenes con cuentos y relatos, uno con su dramaturgia y quince poemarios, además de El Revagliastés, antología poética. La mayoría de sus libros cuentan también con ediciones electrónicas, disponibles, por ejemplo, en http://www.revagliatti.com.ar. Ha sido traducido, y así difundido en medios gráficos y digitales, a doce idiomas. Su poesía fue incluida en más de treinta antologías. Fue actor y director teatral en los setentas y parte de los ochentas. Incursionó en radio. Coordinó eventos literarios, Ciclos de Poesía y la revista oral de literatura Recitador Argentino. Nunca soñé es un contrasentido, es una invitación a la imaginación, un lugar donde la palabra es el medio inductor de sensaciones e impresiones. Un lugar donde las frases son el ladrillo constructor de los sueños. Adelante, sueñen.

 

 

Nunca soñé con tres ojos que me escrutaran desde un pescuezo de jirafa. Que me escrutaran no sin dejar de entornarse alguno, alternativamente. Tres ojos y no tres pares de ojos de diferentes tonalidades. Tres ojos oscuros idénticos. Y que se posaran sobre mí sin benevolencia ni animosidad. Desde un pescuezo inconfundible, irreprochable. Desde una jirafa de la que pudieran pender arañas plateadas, moribundas, o exhaustas. Pendiendo como sólo penden lo esencial y lo sutil. Lo sutil exhausto, lo esencial moribundo. No estaríamos ellas y yo en un zoológico o en un ambiente no trastornado por el hombre. Pero yo no distinguiría el sitio, y hasta ese momento sería únicamente mis cuatro pintorescas narices, olfateando en vano, desasidas de cabeza reconocible. Yo consistiría, hasta entonces, en una pura memoria guiñolesca, afanándose por recuperarme. Sería, claro, una sustancia en su propia procura.

Nunca soñé con algo rubio gelatinoso aposentado sobre un punto cardinal. Ni me soñé punto cardinal sobre el que se aposentara determinada o indeterminada gelatinosa rubiedad.

Nunca soñé con escaleras derritiéndose sobre un valle de incienso. Dos mil ochocientos peldaños, sumando las sesenta y seis escaleras de fibra. Incienso que cubre todo el valle al que pertenezco desde mi primer sueño anotado en un cuaderno infantil. No estaría allí como ninguna de mis presencias mensurables. Y sin embargo, me brindaría a derretirme.

Nunca soñé con hexágonos de piel humana impidiéndome apoderarme de la gracia. Es poco no haber soñado nunca con la gracia apoderada impidiéndome la humana piel de los hexágonos.

Nunca soñé con el antojadizo poder de cristalizar, seccionar y envasar un crepúsculo. Y darlo a consumir sin reparos. Antojo de consumición.

Nunca soñé con un espejismo, ni cóncavo ni convexo. Espejismo con el que hubiera podido restituírseme la gobernabilidad de mis sueños.

 

 

El superviviente

por Miguel Ángel López

Miguel Ángel López nació en Madrid en 1981. Es matemático y mantiene una cruzada para erradicar la mala fama de esa ciencia entre las personas de este planeta. Fue hace seis años cuando comenzó a escribir, pero sólo recientemente empezó a ser publicado, colaborando con revistas como Alfa Eridiani, Axxón, Efímero, Golwen, Miasma, NGC 3660, Nuevomundo y Qliphoth. Posee una sección regular de cine en Alfa Eridiani y una de ensayo en NGC 3660. Sus géneros favoritos son la ciencia ficción y la fantasía, aunque inició su andar literario en el género negro, por lo que El superviviente es una especie de vuelta al origen. Ganó ex-aequo con el chileno Jorge Baradit el prestigioso premio UPC 2006 con su novela corta El informe cronocorp y fue finalista del premio Andrómeda 2006 en la categoría de relato. El superviviente es algo más que un homenaje al género policial, lo fantástico lentamente se adueña de la escena y revela una conspiración milenaria.

 

La arrogancia fue uno de mis puntos débiles cuando era un novato en el cuerpo. Incluso cuando me ascendieron a detective no encontraba caso que se me resistiera, asesinato que acabase por esclarecer con contundente determinación. Era tan sicótico como aquellos a los que encerraba, yo había tomado un sentido y ellos otro pero vagábamos a la deriva por la misma carretera. Con la misma dedicación que ellos ponían a sus tareas monstruosas, pasaba innumerables noches en vela, recorriendo sórdidos callejones, rompiendo huesos para obtener información. Una guerra de un solo hombre. Pero como en todas las guerras personales, encontré mi batalla crucial, aquella que marcó mi vida. Un caso en el que puse todo mi empeño, pues al fin me había topado con un objetivo, con algo por lo que luchar. No sabía que estaba a punto de meterme en algo que me sobrepasaba, no a mí sino a cualquiera que lo hubiera afrontado.

Comenzó de manera sencilla: un tipo al que le seguía la pista desde hacía tiempo apareció muerto en las afueras de Ernépolis II. Ningún daño físico. Junto a él una mujer joven, posiblemente una de sus víctimas, muerta en las mismas circunstancias. Ambos estaban sentados como si hubieran estado conversando. Un papel que la mujer agarraba con la firmeza del rigor mortis. Una palabra y un número: 69 erial. Erial: tierra o campo sin cultivar o labrar. No parecía haber relación alguna entre número y palabra. Poco más tarde, cuando lo comenté a mi superior, me miró con cara de saber más pero no querer añadir nada. Se limitó a tratar de persuadirme para que dejara el caso, a lo que me negué rotundamente. La ambición fue más fuerte que el instinto de detective, que me aconsejaba escurrir el bulto y olvidarme de todo aquel asunto que bien podía ser cabalístico, numerológico o alguna otra de esas estúpidas supersticiones. Yo era un poli de gatillo fácil, no de concienzuda búsqueda en los archivos atrasados, y algo me decía que iba a escarbar en la mierda que otros habían dejado a sus espaldas, pero aun así no me eché atrás. Ante la imposibilidad de persuadirme, resignado, mi jefe abrió un cajón y sacó un estuche, el cual abrió con llave. Dentro había tres pequeños papeles como el que había encontrado: 102 su, 9 entre, 40 sello. Los añadí al que tenía y comencé la tarea.

Hay veces que ocurren cosas extrañas justo delante de nuestras narices pero no las apreciamos, y basta con que simplemente nos hagan fijar la atención en ellas para eliminar todo el ruido de fondo y ver la realidad velada a nuestra percepción. Como un humilde coleccionista acumulé otros tres papeles que fui encontrando con el paso de los años. De un guardaespaldas de los capos de Arnápolis I: 5 los. De un senador corrupto de Comtápolis III: 110 colina. De unos jóvenes en las ruinas de Entépolis XII: 131 implacable. Todos ellos con la mirada perdida, una mueca de vacío. Ni siquiera pánico, sólo olvido, como si no hubieran siquiera podido reaccionar ante el horror. Y con el paso de más años, pese a seguir teniendo pocos de aquellos papeles, de aquellos extraños mensajes, forjé la historia. El número era el orden de las palabras. Cuando tuve algunos seguidos, comprobé que la sintaxis tenía sentido si hacía caso de la numeración. Era una posibilidad fácil de plantearse, pero que me llevó mucho tiempo comprobar.

Y entonces fue cuando comenzó el verdadero misterio. Encontré testigos, gente que sobrevivía. Algunos estaban locos. Otros no vivían mucho más después de hablar conmigo. Pero por medio de amenazas y no sin cierto esfuerzo, averigüé que estaba tras una historia antigua, no el siglo XL, ni el XXX, ni siquiera el oscuro siglo XX; mucho, mucho más atrás, donde la ciencia dejaba paso a las leyendas contadas por las mentes atribuladas. Una narración de tiempos arcanos, de cuando el hombre apenas empezaba a ser hombre. Terrorífica. De tal pavor que aquellos que la leían morían del miedo. Muchos, incluso, sólo oyendo o leyendo parte de ella. Traté de separar realidad de ficción y dar un sentido lógico a todo aquello. Una historia cuya sola lectura mataba. No era tan descabellado. Palpitaciones, tensión, locura, todo eso bien podía llevar a una muerte terrenal, no necesariamente mística. Sin embargo… tenía dudas. Yo mismo había leído parte de la historia. Era poco lo que había podido acumular, apenas un montón de palabras con un vago significado conjunto: 5 los, 9 entre, 10 sus, 11 sueños, 40 sello, 68 yermo, 69 erial, 102 su, 110 colina, 111 muerta, 131 implacable. Pero siempre que lo leía, aquella sensación. Pupilas dilatadas. Caer de los sentidos. Como si no sólo fuera el significado, también las palabras en sí, distribuidas para formar un peligroso hechizo. Dudas. La impresión de estar metido en algo realmente serio. No como los tiroteos, sacar la pistola y disparar o morir. Otra cosa. Y por fin comprender qué era lo que estaba buscando. No buscaba más palabras, ni la historia en sí. Empecé a creer, y aquello fue el comienzo de mi obsesión. Buscaba a alguien muy concreto.

Buscaba al Superviviente.

La historia aún existía y parecía que nadie podía escribirla, nadie podía dictarla, nadie podía grabarla, nadie podía escucharla, ya que hubiera muerto mientras hacía cualquiera de estas cosas. Pero la historia no había salido de la nada, no se había escrito sola en aquellos papeles que bien podían estar dispersos por todo el mundo. Por eso debía haber alguien, ya no que la hubiera escrito, que la hubiera ideado, un narrador, un cronista tal vez, alguien que había traspasado las barreras de la muerte y la demencia. Y a encontrarle dediqué todo mi tiempo y mi vida entera.

Veinte años de búsquedas. Veintitrés de aquellas palabras, como un inmenso rompecabezas. Viajar muy lejos, a lugares más allá de los mapas conocidos. Más allá de Etápolis XIX, más allá del Mar de Carbón, más allá de las Montañas de Medianoche. Dejé de ser policía para no ser más que un punto en la inmensidad, siempre solo, rodeado de negrura, lejos de cualquier civilización.

Seguro de estar cerca del objetivo.

Ilustración por Juan Raffo basada en la historia de "El superviviente" de Miguel Ángel LópezY al fin lo encontré. Un valle sin nombre, un templo aún por descubrir. Sombras. Silencio. Me adentré temeroso entre sus pasillos fríos e insalubres, avanzando hasta llegar a una amplia estancia cavernosa con un enorme escrito jeroglífico en sus paredes.

—Ya sabes lo que es —dijo una voz a mis espaldas. No le veía el rostro, pero sabía quién era.

—Usted es él. El Superviviente.

—Es curioso que hayas sido tú mismo con el paso de los años quien me haya dado dicho nombre. Muchos han descubierto la existencia de esta historia —señaló hacia la pared con una mano huesuda que salió de las sombras—, pero pocos han llegado tan lejos

 —Así que sólo usted la conoce.

—Así es.

—Y la cuenta. Para matar a los que le rodean por puro placer.

—No, no es así. No has entendido nada. Al principio la usé como arma de venganza personal. De dominio sobre otros más débiles que yo, pero fue una época efímera. Los siglos pasaron y comprendí que era algo que debía transmitir.

—Pero nadie puede leerla, ni escucharla. Al menos eso he concluido.

—Lo que no sabes es que después de mí eres quien más palabras de la historia conoce. Es posible que tú fueras mi sucesor, y que tú pudieras seguir con mi tarea, ardua y compleja. Que pudieras seguir comandándoles. Los hay que han intentado serlo y han fracasado en el intento, incapaces de escuchar la historia completa salir de mis propios labios.

—Las palabras —dije comprendiendo al fin—. Cada persona, una palabra. Nadie conoce la historia, pero entre todos…

—Ciento treinta y cuatro palabras, ciento treinta y cuatro soldados. Tú has recuperado para mí veintitrés de ellas. Junto a esas, diez más siguen esperando tener un portador, pues es complejo encontrar a los adecuados para custodiarlas; el resto están a buen recaudo, esparcidas por todo el mundo, entre personas de confianza a nuestra causa. Esperando mi señal. Entonces el manuscrito saldrá de este templo, no en este idioma desaparecido, sino en un formato actual que difundiremos, acabando para siempre con estos días oscuros y creando un nuevo orden donde sólo nosotros dominaremos, y acaso otras historias como ésa tengan lugar.

—No puedo permitir algo así.

—No tienes elección. Únete o morirás como los demás.

Metí la mano en el bolsillo y con lentitud saqué algunas de las palabras, cuidadosamente escogidas. No tenía que hacerlo para recordarlas, pero la acción en sí reportaba un cierto efecto sedante que necesitaba: 131 implacable, 132 cacería, 133 de. Sabía que el Superviviente tenía razón. No podía escoger. Era doblegarme o perecer. Y ante eso, sólo había una cosa que podía hacer. Dije:

—Ciento treinta y cuatro.

No vi su rostro, pero sé que sonrió. Me acercó un pergamino con dicho número escrito con caracteres retorcidos. Junto a él se destacaba la palabra humanos.

 

 

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Necronomicón
Segunda Época. Año 6. N° 15.
Mayo 2007

Editor: Jorge L. De Abreu
UBIK, Asociación Venezolana de Ciencia Ficción y Fantasía
http://www.avcff.org/ubik.htm
Caracas, Venezuela.

 

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