Necronomicón

Segunda Época. Año 6. N° 16. Noviembre, 2007

Si me preguntan, aunque nadie lo haya hecho, hay tres cosas que me gustan del relato corto.
La primera es la intensidad. En una obra de mayor longitud el autor debe tomarse un respiro, los personajes también tienen que descansar y hasta el lector a veces debe hacer una pausa por más emocionante que se haya puesto la trama. En cambio, cuando la historia es breve no hay tiempo, ni palabras, que perder. Se debe asestar el mazazo cuando se tiene la oportunidad. Lo sucinto se adapta particularmente bien al relato fantástico, donde lo sorpresivo, lo contundente o lo estremecedor toman primacía... y en esto último el terror es el rey.
La segunda razón es casi tema de mercadotecnia en estos tiempos tan apurados de internet y teléfonos celulares. La gente parece que está huyéndole a la muerte en un corre-corre que no parece tener pausa. Allí se agradece la permisibilidad de una literatura corta para los que gustan de las letras pero siempre están de prisa como para perderse en los detalles.
La tercera y última razón no es tal, es una excusa de alguien que le encanta escribir ficción corta y es tan egocéntrico para esgrimir como argumento sus gustos personales... Pero espero que sean algo indulgentes, pues al fin y al cabo, comencé este editorial definiendo lo que me gusta de la literatura que se lee en un suspiro... Uno que tal vez pudiera ser el último.
Este número del Necronomicón presenta tres ficciones de terror: Morante nos recrea un diálogo generacional sobre la vida y la muerte, Mota sugiere el más oscuro secreto que consumirá a la humanidad y Pérez rinde un tributo a Edgar Allan Poe. Como colofón, en un extraño juego contradictorio, Juan Raffo le añade color a la ilustración del loto negro. Todos los elementos están en su sitio, lean y disfruten el terror de esta edición del Necronomicón.

 

Mi abuelo y yo

por Francisco Morante

Francisco Morante es peruano. Nacido en Huancayo en 1966, es economista y ha trabajado en diferentes puestos de la administración pública peruana durante los últimos 13 años. Fue columnista semanal del diario Expreso de Lima, es padre de tres niñas y con aficiones por la pintura, la escritura y asistir frecuentemente al gimnasio a levantar pesas, pero no por eso crean que es corpulento,…al contrario delgado diría yo, pero le ayuda a no aparentar sus 40 años. Mi abuelo y yo es producto de una de esas aficiones; la de escribir, claro está. El relato es un entrañable diálogo entre un abuelo y su nieto donde se tocan en forma familiar temas que van desde la religión, la desigualdad social y el divorcio…pero sean precavidos que Mi abuelo y yo no es un relato costumbrista, recuerden que esto es el Necronomicón…

 

I

La lluvia

El reloj marca la 6:00 de la tarde en Huancayo, y aun no deja de llover desde hace más de tres horas. Las gotas de lluvia en la calamina retumban en mis oídos y más porque mi cuarto está en el segundo piso de la casa.

El frío es intenso, por eso estoy metido en la cama. Mis papás no regresan del trabajo, y hoy como otros días mi abuelito me acompaña.

Intentando interrumpir la tosca música de la naturaleza dije:

–¡Qué frío hace! abuelito, son más de siete días que llueve, ¿por qué será? Seguro que las almas sufren y están llorando.

Mi abuelo, continuó caminando lentamente hacia la ventana, desde donde se ve la avenida que lleva la lluvia como ríos a cada lado y de pronto dijo:

–Otra vez tus papás están demorando, espero que esta vez lleguen más temprano que ayer, porque estoy cansado y quiero ir a dormir.

Al escuchar a mi abuelo, sentí miedo porque otros días se fue dejándome solo, por eso lo animo a seguir conversando y le pregunto:

—¿Por qué el hermanito de mi amigo, nació monguito?

 

II

Otras vidas

Mi abuelo dejó de mirar la calle y volteó diciendo:

—Paquito, los niños nacen enfermos, mal formados y aun mueren antes de nacer. Porque...

En ese instante interrumpí, y como si quisiera ganar un concurso dije:

—¡Ya sé! Seguro que los papás se portaron mal y por eso Dios le castigó al niño.

Mi abuelo sentándose al filo de mi cama y mirándome extrañado dijo:

–¡No!, Dios no castiga a unos por culpa de otros, ¡pero de dónde sacaste eso hijo!

A sus ochenta y dos años, mi abuelo sentía saber de todo y muy seguro decía, que si somos malos en vidas anteriores, cuando volvemos a nacer, estaremos enfermos, incompletos ó mal formados.

Hace dos días cumplí ocho años y sé muy poco, pero me gusta cuestionar todo lo que me dicen, por eso me atreví y dije:

–Escuché a mi tía, cuando decía que su vecina tomaba mucho licor y por eso su hijito nació taradito.

Abuelito, si nos portamos mal en esta vida, aquí lo pagamos. Mortificado por mis comentarios, mi abuelo dijo que yo no podía saber más que los mayores, que la reencarnación existe y hasta podemos reencarnarnos en animales.

 

III

Ricos y pobres

Para que mi abuelo no me deje, era necesario seguir conversando, por eso continué y pregunté:

—Abuelito, ¿Por qué hay niños ricos y niños pobres?

Mirando al techo, como queriendo buscar las palabras más adecuadas para hacerme entender sus ideas, mi abuelo dijo:

—Paquito, la razón es muy simple. En el mundo hay papás ricos y papás pobres, porque los gobiernos no se preocupan por dar igualdad de condiciones a todos, para empezar en la vida, así la vida es injusta, por eso los ricos ganan cada día más, mientras a los pobres solo les alcanza para comer, y ni para comer tienen los más pobres.

Ni por un segundo dudo y le digo a mi abuelo, que así como la noche no puede existir sin el día, ni el día puede existir sin la noche, entonces los pobres existen, porque sin ellos los ricos no existirían.

Mi abuelo molesto y levantando la voz me dijo:

—¿Escuchaste eso de que el diablo sabe más por viejo que por diablo?, ¿sabes acaso qué significa eso? Los mayores sabemos más que los niños como tú, cuando crezcas te darás cuenta que todo lo que digo es cierto.

Incómodo mi abuelo, se levantó de la cama y caminó lentamente hasta un pequeño sillón de la habitación.

 

IV

Hasta que la muerte los separe

Continúa la lluvia y como mi casa es de adobe, pienso que se puede caer, también me da miedo la idea que mi abuelo ahora sentado en el silloncito, se quede dormido como muerto. Teníamos que seguir hablando para que no se duerma.

A pesar que se notaba que mi abuelo, no quería seguir escuchándome por que yo no creía en sus respuestas, seguí preguntando:

—Abuelito ¿Por qué los matrimonios se separan? Si en religión me enseñaron que el matrimonio es hasta la muerte.

Mi abuelo cambió de cara y esbozando una sonrisa, me miró y dijo:

—Buena pregunta Paquito, cuando una pareja no se entiende lo mejor es la separación, porque vivir peleando perjudica más a los hijos.

No dejé que terminara e interrumpí preguntando:

—¿Para qué se casan los que no van ha obedecer a Dios y van a separarse cuando les da la gana? Los papás de un amiguito no se han casado y aun después de mucho tiempo viven juntos porque ellos si piensan en sus hijos.

»Los papás que se separan, solo piensan en ellos de manera egoísta. A mí de solo pensar que mi papá y mi mamá se podrían divorciar, siento que se ajusta mi pecho.

Mi abuelito, se notaba muy cansado, y parece que el sueño lo doblegaba, sin embargo después de bostezar me dijo:

—Paquito nadie sabe el futuro, hasta que sucede.

Repliqué entonces, diciéndole que a pesar de los problemas con mi abuela solo la muerte los separó, por otro lado mis papás siguen juntos.

Como mi abuelo no dijo nada, lo miré a los ojos y sin duda ya se había quedado dormido, esto provocó inmediatamente un escalofrío que recorrió mi cuerpo.

De pronto sonó el timbre, y Mariana la empleada gritó diciendo:

—¡Llegaron sus padres, niño Paquito!

Me puse muy feliz, y de un salto salí de la cama para saludar a mis papás y contarles lo que hoy conversé con mi abuelito.

Pero pensé mejor y decidí no decirles nada, porque en otras ocasiones ya me dijeron:

—¡Paquito, tu abuelito murió hace tiempo y no puede conversar! Es tu imaginación, hijito.

Bueno, pero como yo estoy con hambre y quiero cenar, me olvido de todo, y solo pienso en la sopa de quinua con queso y perejil.

 

El loto negro

por R. R. Mota

R. R. Mota es un ferviente admirador del escritor de Providence. Su infancia estuvo plagada de monstruos y oscuros terrores que lo mantenían en vela hasta la madrugada. En sus juegos y dibujos infantiles era un generoso dispensador de la sangre derramada por Jason Voorhees y Freddy Krueger. Todo aquello no hizo más que arrimarlo al abismo de la literatura del terror. Empezó por The Omen a los 11 años. Luego fue el maestro King y alguna que otra aventura de Jules Verne. El gran encuentro fue a los 16 años y lo marcó para el resto de su vida: fue una tarde caliginosa, gris y fría, cuando se topó con el genio de Lovecraft. Los Mitos de Cthulhu pervirtieron su joven mente y ya jamás se separó del mundo del horror y el caos. En El loto negro se puede percibir la atmósfera de indefensión del ser humano ante las potencias desconocidas de más allá de nuestra dimensión. ¡Qué Dios nos agarre confesados! Mota es venezolano, se dedica a escribir literatura de terror y administra un foro sobre H. P. Lovecraft (El portal de los arcanos).

 

 

La mirada estaba fija en la extraña figura que ocupaba el centro del gran salón, una mano sostenía el antiguo libro que lo había guiado hasta allí; era extraño pensar en otra cosa que no fuera aquella flor. Un pozo asqueroso rodeaba aquel hermoso y resplandeciente tallo; una iridiscencia bañaba la estancia formando terribles e informes contornos que se arremolinaban tragándose unos a otros. La pureza de aquellos pétalos obligaba a la mente a perderse en su belleza; pérfida y terrible, oscura y mortal. No se sabía de nadie que hubiera llegado hasta aquel horrible templo y saliera ileso de él.

Aquel libro no contenía advertencia alguna de los peligrosos misterios de la cámara dorada y mucho menos hablaba de la oscuridad que cuidaba aquel sagrado lugar. Su autor sólo tomó nota de los delirios de muchos seres humanos caídos en la desgracia de la curiosidad. Mientras miraba los pétalos, la mano dejó caer el ya inútil manuscrito. Una horrible bruma brotó del asqueroso foso y lo engulló antes de que el libro tocara el piso. Las lágrimas corrían frenéticamente, el sudor empapaba las sencillas ropas, un frío se incrustaba en cada poro del tembloroso cuerpo. No había vuelta atrás, la sabiduría reposaba en aquella hermosa flor; sólo tocarla significaba abrir la puerta al negro vacío que se ocultaba del resplandor de las estrellas. La verdad reposaba en el maldito Loto Negro.

Ilustración por Juan Raffo basada en la historia de "El loto negro" de R. R. MotaCon el corazón a punto de salirse del pecho, la mano se acercó a la deslumbrante luz que rodeaba la enigmática planta. Extrañas criaturas se perfilaban en la densa bruma que sostenía el delicado tallo. Caras horribles, siluetas monstruosas, miles de bocas abriéndose y devorándose unas a otras. Una melodía resonaba en los oídos, destrozando la frágil mente del valiente. No podía permitirse perder la oportunidad de descorrer el velo, tenía que apresurarse antes que la melodía del infierno borrara hasta la última gota de cordura de su cuerpo y alma. La mano se abría y llegaba por fin al preciado trofeo; su dedo acarició el suave y venenoso regalo que un Dios perverso dejó a la humanidad. Por medio de un extraño sortilegio la enfermiza iluminación de la habitación se transformó en una densa oscuridad. La espesura del negro abismo de horrores innominados rodeó el alma de aquella pobre criatura que se atrevió a conocer la verdad, y como si de una suave brisa se tratara le comunicó un mensaje; extraño en contenido, maldito en significado. Aquel mensaje era capaz de destruir universos enteros, los horribles pensamientos que movían todos los mundos y dimensiones habidas y por haber en el infinito vacío. Era el tiempo de que ese mensaje llegara a oídos de la humanidad. Por obra de la extraña magia que ocultaba el Loto Negro, el desdichado viajero volvió a la tierra; volvió con el último mensaje que escucharían los habitantes del sentenciado planeta.

Del libro negro:

“El silencio que envuelve el universo es la más horrible de todas las cosas; es la voz de los que moran entre los distintos planos de la realidad. Entidades tan perversas que nadie ha osado jamás rendir culto. Pobre de aquel que pretenda conocer la eterna letanía que rige las leyes del universo, porque sólo la horrible y gran verdad encontrará; la voz de los que no tienen boca”.

 

 

La gran obra

por Francisco Javier Pérez

Francisco Javier Pérez ya es una firma conocida en Necronomicón con No entréis al granero (Necronomicón 10) y La casa que el demonio construyó (Necronomicón 12). Francisco es guionista de cómic y escritor, ha publicado casi una veintena de relatos en diversas revistas y sitios literarios on-line, tales como NGC 3660, Brigada 21, Miasma o Alfa Eridiani, amén del cuento ilustrado para adultos Entre las Grietas (con la editorial Slovento). Actualmente, se prepara la inminente edición, programada para diciembre, de su primera antología, titulada Dionisia Pop!, dentro de la colección Albemuth del Grupo AJEC, así como el lanzamiento de la serie limitada La Memoria Invisible en la revista especializada en cómic La Parada. La gran obra es un homenaje a Edgar Allan Poe, maneja los temas de la muerte y su inevitabilidad inspirado en el poema del gran cuentista norteamericano: The conqueror Worm. El relato de Francisco es el producto final de una catarsis POÉtica que lo mantuvo durante varias noches con los ojos fijos en el techo, maquinando imágenes, reviviendo percepciones…

 

A Edgar Allan Poe

Hoy es noche de gala, cariño; la bella y eterna hueste celestial al completo, tú y yo, estamos invitados. Acudimos a ver una representación que se nos promete soberbia, algo de lo que no podemos dudar.

Nosotros, que hasta la fecha no hemos logrado alcanzar el escenario salvo para participar, en contadas ocasiones, como invitados de excepción en el coro de la gran obra, ahora desfilamos y tomamos asiento para ser testigos de una apoteosis. No puedo describir el gozo en palabras. Me subyuga la posibilidad de que algún día logremos estar ahí, bajo los focos. Eternos, sí… Brillantes, también.

Ven, he encontrado un hueco para los dos entre estas estrellas.

Esa señal acústica es el último aviso para los asistentes, la llamada a escena de los actores, y ya estamos todos dispuestos a dejarnos mecer en los brazos amorosos de la prosa del autor; dejarnos guiar por caminos, para los demás insondables, que Él en persona ha tenido a bien trazar para nosotros.

Ya se alza el telón.

El rugido de un aplauso.

¿Has visto eso? Ya te dije que nos sorprendería desde el principio. El centro de la escena, ocupado por un mimo…

Ocupado por un mimo vestido de pieles magníficas: elegantes polainas de ballena, pantalones de unicornio, una casaca configurada con retales de felinos sólo imaginados, cubriendo una camisa de aves radiactivas.

Escucha: nada.

El mimo no habla pero lo dice todo con su danza inicial. Las sílabas prohibidas son el tableteo de sus pies sobre la superficie etérea de la escena. Baila por el amor y el desespero. Un buen principio.

Alfa en sus devaneos y un misterio hasta Omega.

El sutil cambio, súbito, en la coreografía nos indica que el segundo acto está a punto de empezar, por lo que deduzco que esta obra está escrita en arte moderno. Trazas breves que, en sinergia, encajan unas con otras.

La danza se vuelve salvaje y pura. Otro actor sube a las tablas.

¡Lo han logrado, amor mío! ¡Al fin, lo han logrado! Si no ando desencaminado, este segundo títere de la poesía de las esferas es un muerto recién salido de su tumba; la carcasa sin alma ni voluntad de uno de esos seres humanos sometidos al designio de sus amos.

Sí, lo dice aquí mismo, en el programa… El muerto viviente fue arrancado de las garras de Caronte por su desconsolada madre, la cual, conocedora del arpegio sagrado de velas votivas, sangre de gallo negro y ofrendas de ron y tabaco, compró para su hijo unas cuantas décadas más de sacrificio en favor de la plantación familiar. ¿No es magnífico? Probablemente la inconsciente esté muerta ya, la plantación abandonada, pero el hijo es esta noche objeto de adoración por todos los presentes.

El eterno anhelo de pervivencia de la raza humana…

El programa dice también que, tras la entrada en escena del hombre redivivo, debemos colocarnos sobre los ojos estas lentes especiales. Ten, aquí están las tuyas…

Glorioso. Las dimensiones del espacio se desdoblan al cambiar la perspectiva y ahora el mimo se ve desnudo, adquiere la capacidad de hablar a cada uno de nosotros en su idioma particular:

—Así en el cielo como en la tierra. —Creo entender yo, por mi parte—. Todo el arrepentimiento del mundo está impreso en las moléculas caóticas con las que conformamos y tejemos los días.

Si desvías tu atención, sólo un momento, hacia el muerto viviente, verás que es el único en la sala que comprende el significado de esas palabras. Qué sutil mecanismo de creación… Pero perdona, estábamos escuchando al mimo:

—Las matemáticas relativas son una excusa que yo, y otros como yo, robamos de la chistera del mago para beneficiar el egoísmo de creernos solos en el universo. Ustedes, distinguido público, son testigos y ejemplo de la mentira que eso representa; pero hemos comprendido demasiado tarde.

No, no, no. No te quites las gafas aún. No sé qué has entendido en sus desvaríos, pero se impone la necesidad de una última frase antes del tercer acto; una sentencia definitiva, que sin duda nos será de ayuda el día que bajemos de las galaxias para conquistar SU mundo:

—La vida se alimenta de vida.

Y ahí vamos, rodando cuesta abajo hacia el final de la sagrada obra. El tercer acto.

Trampantojo: el mimo abandona el escenario a través de una trampilla disimulada en el suelo. Nos quedamos a solas con el muerto viviente. La obra se transforma en comedia con un aleteo de gracia que sólo Él podría articular.

La parodia de la danza inicial del mimo. Los torpes avances del cadáver, tropezando con la trampilla aún abierta, hacen que casi se me desencaje la mandíbula de tanto reír. Cuán marginal y estúpida resulta la figura del esclavo sin conciencia al intentar pedir ayuda sin poseer el vocabulario con el que tratar a los ángeles como iguales.

El suplicante se arrastra y retoza con el polvo cósmico, suplica un objetivo que dé sentido a sus avances y el público ríe. Es trágico y magnífico al mismo tiempo. Es naturaleza en estado puro.

Dientes centelleando a la luz de los focos. Piel muerta.

Si alteramos la sensibilidad de los anteojos, volvemos a mutar la percepción, podemos comprobar que sobre la carne en descomposición del actor se arrastran diminutos organismos extrayendo energía del cascarón vacío de su huésped. Un giro poético: tal como dice el guión, la vida se alimenta de vida… pero a veces lo hace de muerte para crear nueva vida.

Estoy convencido de que todo lo que veamos aquí nos cambiará la vida tanto como lo ha hecho con los actores. Me aventuraría a decir que la mayoría de la hueste celestial está ya casi convencida de la necesidad de hacer desaparecer a la necia raza humana bajo nuestro yugo.

¡Celebrémoslo! Es un triunfo… ¡Y ahí vuelve el mimo! Calza las sandalias de la voluntad, luce las cadenas enjoyadas del ego, viste la túnica de la mente, se trasviste con el sujetador del rol sexual, el collar de la iluminación y los pendientes de las fuerzas mágicas, y se toca con la corona de mil pétalos de los dioses. Esos extraños ropajes deben pesar lo suficiente como para impedirle entrar en la eternidad.

Está a nuestra merced, así se nos muestra, y por tanto a merced de su interlocutor en la gran obra.

La virulencia del no-muerto nos da la bienvenida al último acto, cariño. Puedes taparte los ojos con las manos, pero una parte de ti siempre ansiará mirar entre las rendijas de los dedos. Por que no hay escapatoria al sonido carnoso de las fibras musculares y el cartílago al ser rasgados por los dientes del cadáver, de los gritos del mimo al ser devorado por el que una vez fue como él.

El simbolismo es claro: el hombre, creyéndose un ser sublime, luce sus encantos en busca de satisfacción sexual frente al maniquí sometido por la muerte paradójica, el cual contesta a sus insinuaciones con dolor y sangre, el verdadero contenido que hace que un espectáculo se defina a sí mismo como tal.

El mimo ha perdido los brazos. El hambre del muerto viviente no se ha saciado aún. Las tripas y fluidos desechados pintan el escenario de esencias vivas. Los gusanos sobre la piel del cadáver cambian de cuerpo, migran en busca de un hábitat ligeramente más cálido. Nos quitamos las gafas, para poder ver la verdad.

Cae el telón, justo cuando el verdugo repta hacia el trofeo que es el cerebro de su presa.

Pero no llores, amor mío. Somos eternos.

Todo ese sufrimiento no es más que una ilusión.

 

 

 

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Necronomicón
Segunda Época. Año 6. N° 16.
Noviembre 2007

Editor: Jorge L. De Abreu
UBIK, Asociación Venezolana de Ciencia Ficción y Fantasía
http://www.avcff.org/ubik.htm
Caracas, Venezuela.

 

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