Necronomicón

Segunda Época. Año 7. N° 18. Agosto, 2008

¿Cómo se puede comenzar un editorial sin recordarle al lector que me he demorado una barbaridad en sacar este segundo número de 2008? ¿Se puede salir airoso del predicamento sin mentir? Creo que no se puede, a menos que uno eluda la cuestión y pase con desparpajo a otros temas.
Pasando a otros temas: este año significó el justo reconocimiento del trabajo de Juan Raffo. Desde que se me ocurrió la loca idea de revivir el Necronomicón en las tierras digitales, Juan se ofreció espontáneamente para ilustrar todos y cada uno de los números que han salido desde aquel, ahora medio neblinoso, lejano 2004. En aquella primera oportunidad a alguno de los dos se nos ocurrió que la ilustración podía tener como tema de inspiración cualquiera de los tres relatos. Así que le envié por correo electrónico un mensaje con tres anexos. Juan leyó y escogió. Significativamente aquella primera ilustración se refería al famoso pasaje de una mítica R’lyeh cubierta de légamo recién emergida de las aguas. Luego de esa primera vez, la mecánica de trabajo se ha sistematizado: Después que, por algún azar fantástico, he seleccionado el contenido de un nuevo Necronomicón, le escribo a Juan un mensaje con tres anexos y se lo envío a su dirección electrónica. Luego él realiza el portento. Han sido cuatro años de trabajo puntilloso, de imágenes inquietantes y de una intuición de lector avezado para escoger la mejor escena del cuento y plasmarla en trazos de tinta china.
A principios de este año fue galardonado con el primer lugar del Primer Premio Internacional de la Editoriales Electrónicas en la categoría de ilustración. Ni que decir que apenas me enteré comencé a saltar como si aquello fuera conmigo y más de uno de mis compañeros de trabajo retrocedieron unos cuantos pasos, dejando un espacio prudente entre ellos y yo, lo suficientemente amplio como para poder escapar si se producían señales más inequívocas de alteración mental. Yo, perspicaz que soy, hice mutis y continué celebrando dentro de mi cráneo.
Hoy, en este número, Juan, como si nada hubiera pasado, ha ilustrado otro cuento para deleite de todos. Necronomicón 18: tres cuentos exquisitos, Chavarría, Drax y Torres; una ilustración, Raffo. Siéntanse cómodos, lean, disfruten.

 

Una flor en el cementerio

por Joaquín Torres

Joaquín Torres es español, natural de Santiago de Compostela (Galicia). Es un joven escritor (nacido en 1980) que tiene una especial predilección por la literatura de Terror. Algunos de sus escritores favoritos son francos exponentes del género como Poe, Quiroga, Bécquer, Stoker y Machen. Yo, particularmente, extraño a Lovecraft, pero también es justo reconocer que la catedral está llena. Con tal respaldo decimonónico Joaquín decidió retribuir tantas horas de disfrute con el presente relato: Una flor en el cementerio, un claro homenaje a los maestros.
Joaquín ha publicado algunos de sus cuentos en revistas digitales como Axxón, Efímero, NGC 3660 y En sentido figurado. Uno de sus relatos, traducido al inglés, apareció en la estadounidense MicroHorror. Los diarios La voz de Galicia y El progreso se cuentan entre los medios impresos donde han sido publicado sus cuentos. Recientemente, en abril, la antología de microrrelatos A contrarreloj II, de Editorial Hipálage, incluyó una de sus obras hiperbreves. Mantiene un blog: Las leyes del contorsionismo, donde se dedica ha comentar sobre sus pasiones: la literatura y el cine.

De fiebre agudísima falleció la joven Beatriz una madrugada sombría del otoño de 1973. Muchos años han pasado desde entonces, mas los recuerdos de aquella noche aciaga aún permanecen frescos en mi memoria.

Una atmósfera solemne imperaba en la austera estancia donde agonizaba la muchacha, su rostro todavía hermoso pese a que la vida escapaba rauda por los poros de su piel. Sentada a escasos centímetros del lecho, iluminada por el tenue resplandor de un viejo candil, la madre de Beatriz rezaba, rogando al Señor el milagro de una postrera curación. Entretanto, el padre, más sereno aunque con el semblante igualmente transido por la pena, aplicaba un paño húmedo sobre la frente de su hija, aun sabiendo que cualquier remedio para aplacar la calentura carecía ya de fundamento: el reloj vital de la chica avanzaba inexorable por el sendero de su temprana última hora.

En tales circunstancias, mi labor como médico se antojaba del todo innecesaria. Sin embargo, me retenía en el lugar un firme deseo de ofrecer consuelo a la desventurada familia en aquel delicado trance. Así, cada pocos minutos, me aproximaba a la cabecera de la cama y tomaba el pulso de la enferma, que desde mi llegada permanecía sumida en un sueño aparentemente pacífico. Fue en una de esas ocasiones, mientras yo sostenía en alto su brazo delgado y fláccido, cuando Beatriz, luego de un trémulo suspiro, sucumbió por fin a la llamada de la Parca.

Apenas dos días después, bajo una fina lluvia que dilataba más si cabe la aflicción de los presentes, el cuerpo de la muchacha recibió sepultura en el cementerio de la colina. Sus padres, carcomidos por la pena, la rabia y la inquietud, abandonaron el pueblo al poco tiempo.

Habrán observado que menciono la inquietud como uno de los motivos de su pronta partida. En efecto, inquietud por el singular acontecimiento que a diario tiene lugar en la tumba de su hija. Cuando las primeras luces del alba rasguñan túmulos y panteones, mausoleos y columbarios, puede verse una bella rosa blanca sobre la lápida de Beatriz, una rosa de largo tallo espinado y pétalos exuberantes, tan suaves como el terciopelo. Una rosa que es renovada cada noche merced a una mano esquiva.

Como pueden suponer, la identidad de quien deposita tan peculiar tributo sobre la fría piedra del sepulcro se ha convertido en fuente inagotable de rumores y especulaciones entre las gentes del lugar. Si preguntan a las viejas de la plaza, les referirán historias de un espectro enamorado, noctívago morador de la necrópolis. Y ustedes, eruditos caballeros, con toda seguridad pondrán en solfa esas burdas supersticiones. Pero el suceso que brevemente me dispongo a relatar tal vez logre mudar su opinión al respecto.

Hará muy cerca de dos años, un mozo del pueblo, caradura y gran amigo de bullas y pendencias, embriagada su alma inquieta por el alcohol, cometió la osadía de acechar el interior del solitario camposanto en una noche como ésta, donde no del todo asoma una luna triste, sin cortejo de estrellas.

Pues bien, aunque jamás se encontró cadáver ni evidencia alguna de lo que pudo acontecerle, tengan por cierto que el pobre desgraciado abrazó la muerte antes de levantarse el sol.

A la mañana siguiente se halló la rosa acostumbrada encima de la pequeña lápida. En aquella ocasión dispuesta con elegancia sobre una espesa mancha oscura que teñía sus pétalos del color de la sangre.

 

 

Maxwell Huntington, escritor

por Víctor Cuotto Drax

Para Víctor Drax (1986) el encuentro con Howard Phillips Lovecraft marcó un antes y un después en su vida literaria; “su Dagón, sus horrores batracios y su habitante especial de Dunwich” lo influyeron enormente, tanto es así que no es al azar que el atormentado escritor protagonista de su historia: Maxwell Huntington, tenga no pocas semejanzas con el genio de Providence. El comienzo de Víctor en el género del Terror se inició por el cine, especialmente con el clásico de George A. Romero: La noche de los muertos vivientes; el miedo resultó en el mejor acicate que refinó su predilección por las historias mórbidas y oscuras. Desde noveno grado, a raíz de la publicación en el periódico de su escuela de una de sus historias de vampiros, empezó a escribir con ahínco y seriedad. Algunos de sus escritos se encuentran en Predicado, donde está publicando una serie negra. Actualmente, Víctor Drax estudia Derecho en la Universidad Santa María (Caracas) y escribe una novela post-apocalíptica ambientada en la ciudad de los techos rojos.

 

 

 Escribir no es lo que era: el medio de liberar mi alma. Ahora la idea de sentarme frente a la máquina de escribir me provoca horrendos escalofríos y soy incapaz de controlarme frente a las letras. Temo de mi sombra y las formas misteriosas que se asoman entre los espacios de las puertas entreabiertas y las ventanas, con ojos invisibles y dedos oscuros, ordenándome a seguir, no parar la escritura. No siempre fue así. Como dije, escribir era el máximo sentido del ser. Mi nombre es Maxwell Huntington. Nací en mil ochocientos noventa y dos. Mi madre soltera me educó lo mejor que pudo y me gradué en literatura. Durante mi crianza permanecí abrazando a libros de diversas índoles, primero ciencias, luego fábulas. Acaricié al Retrato De Dorian Gray y a Fausto. Mi primer escrito fue una copia de Poe desapercibida. No me rendí. Si de joven permanecía en mi recámara, alumbrado por una vela y con una novela abierta sobre mis piernas, ahora bastaba una vela y la máquina de escribir. Si ésta faltaba, escribía a mano. ¡De haber sabido lo que me deparaba un destino tan horrendo no habría escrito palabra en mi vida! Los caminos de la perdición son extraños y, a menudo, confusos. Me casé en dos ocasiones, fracasando. La verdad, soy un bueno para nada y esta depresión no se reduce a mi reciente estado de ánimo. No sé cambiar aparatos mecánicos ni repararlos. No puedo beber mucho sin emborracharme y tampoco sé de ciencias más de lo básico. Pero si me piden que plasme en papel las más aterrorizantes historias, no hay nadie mejor. Mis únicos hijos eran los personajes en las numerosas novelas que escribí. Mis relatos de terror viajaron por el mundo y me trajeron ganancias que sirvieron para costearme la mansión en la que habito, en Boston. Es sorprendente cómo la gente te escucha más cuando eres reconocido. Adonde quiera que fuese mi fama precedía mi nombre. Mi primer matrimonio fracasó y no me importó, pero la segunda vez me enamoré. Viví enamorado por un buen tiempo hasta que descubrí que ella se veía en secreto con otro. Me prometí ser tan egoísta como el mundo que me rodeaba. La servidumbre eran los únicos que me trataban viéndome a la cara, porque por el resto tendría que arrodillarse ante mí. Entonces, cuando mi ego no podía ser mayor, el horror comenzó.

Aquella noche yo había tenido accesos febriles que me obligaron a permanecer en cama hasta tarde. Cuando pude conciliar sueño tuve imágenes de procedencias ahora obvias. Desperté, exaltado y lleno de sudor. Llovía y no había luz eléctrica en la mansión, demasiado grande, pero comprada esperando acoger a una familia, proyecto de vida que nunca se dio. Encendí una vela y caminé, llamando el nombre de la sirvienta. La mansión, alumbrada por los relámpagos, me hizo sentir un tonto temor, pues la conocía como la palma de mi mano. Sin embargo, creí ver merodear entre las sombras a los tantos espectros de los que había escrito. Rondé hasta la cocina, extrañado porque no se escuchaba ni voz ni rumor.

La cocina estaba sola, pero la chimenea estaba encendida. El fuego parecíaIlustración por Juan Raffo basada en la historia de "Maxwell Huntington, escritor" de Víctor Drax recién encendido, cosa que sirvió para aumentar la interrogación. Cuando volteé hacia la puerta por la que había entrado casi me desmayo de puro terror. La mujer infernal, una burla a los ángeles caídos estaba en el umbral. Sus únicos rasgos humanos eran aquellos que hacían pensar que era mujer. Alas fabricadas con su propia piel, extendida por medio de artefactos enganchados a ella. Su atuendo, obsceno, no pude imaginarlo ni en mis más disparatadas ideas. Desollada pero serena. Creí que era producto de mi imaginación fatalmente vívida, pero al restregarme los ojos y comprobar que seguía allí me invadió el más desesperado pánico y caí al suelo. Recuerdo haberme encomendado a los poderes sagrados que en algún lugar debían existir, porque no cabía duda de que los demonios eran reales. Sin aliento y deseando despertar de aquella pesadilla, vi como el ángel caminó hacia mí.

—Dios no tiene nada que ver con esto. —Dijo ella con voz femenina y hermosa.

No recuerdo más, porque lo que dijo a continuación permanecerá atormentando los rincones de mi sanidad. Abrió sus delicados labios negros:

—Vengo buscando a Maxwell Huntington, escritor. Dejó los términos del contrato claros. Me pidió que hiciera lo que nadie había hecho por los de su clase: escribir sobre ella, un demonio real. Se había hecho cargo de todos en la mansión, lo mejor que yo podía hacer era responder a mi fama y ella vendría a la noche siguiente. Permanecí temblando en el suelo por quizá horas. Al recuperar el control, bebí una taza de té insípido. Ella era el heraldo de mi destrucción, pero en aquella época valía la pena salvarse, o eso pensé. Escribí, toda la noche y todo el día, no dormí ni comí. A la noche siguiente, el ángel caído tomó entre sus dedos el relato y leyó.

—Muy bien —dijo—. Tu recompensa…

Clavó sus uñas en mi mejilla, provocando una herida que ni siquiera ahora ha cicatrizado. Fue la primera de un centenar de visitas...

Podrían decir que esta es la venganza de la vida por mi egoísmo y soberbia o sólo se debe al simple azar. No importa. Ahora soy más semejante a ellos que a un humano. La gente dice que la mansión Huntington está embrujada y el viejo Maxwell ha muerto. La verdad es mucho peor. Porque lo único real aquí es el sufrimiento, lo único seguro. Debo interrumpirme, ya se va haciendo la hora de que otro ser monstruoso se presente en esta recámara y pronuncie las palabras fatales. Este es el infierno. Estas paredes de madera, oscuridad, terror y dolor, paredes que se hacen cada noche más cerradas. Y así será hasta que se tatúen la existencia de quien alguna vez fue el orgulloso Maxwell Huntington, escritor...

 

 

Der  doppelgänger1

por Héctor Chavarría

Héctor Chavarría es todo un personaje. Este mexicano, tres veces premio nacional de periodismo en México, es escéptico hasta la médula —no por nada opina lo mismo que Asimov, que a los ovnis hay que manosearlos hasta el último circuito integrado y con respecto a los alienígenas es preferible tener uno disecado que mil volando en las nebulosas—, es miembro fundador de la Asociación Mexicana de Ciencia Ficción y Fantasía (AMCyF) y escalador socorrista de montaña… Nada más, pero en relación con el Necronomicón lo más interesante de Héctor Chavarría es su relación con los mitos. Esa relación con Lovecraft y los mitos fue reactiva. Fue una iniciativa iniciada en 1975 ante los desmanes de la osada ignorancia del maestro gringo que pululaba en sus escritos sobre México. La idea fue escribir la propia versión de los mitos para, paradójicamente, desmitificar las ideas preconcebidas, racistas y sesgadas del atormentado de Providence. Poco a poco, Héctor y otros escritores contribuyeron con sus propias versiones sobre lo innominable dando origen a los Mitos mexicanos. El mismo Héctor ha aportado a los Mitos mexicanos un sinnúmero de relatos y cuatro novelas (dos de ellas completas y las otras dos en vías de finalización). Todo este cuento sobre Lovecraft y los Mitos mexicanos y resulta que el relato de Héctor no tiene nada que ver con ellos… cosas para ser escéptico. Der doppelgänger es un cuento donde lo mejor que puedo hacer es quedarme callado para no arruinar el efecto final.

 

 “Was mich nicht Tötet, Mach mich Stärker.”2

Friedrich Nietzsche

Era de noche y la única iluminación procedía de los fogonazos distantes, el sonido de fondo era el stacatto omnipresente de la artillería. El Viajero no estaba muy seguro de lo ocurrido, sólo que su blanco yacía ahí..., faltaba determinar, si realmente lo era.

Ahí, entre los bordes semidesmoronados de la trinchera, sostenía con manos temblorosas, ¿frío o tensión?, el Máuser Kar 98. Movió el cerrojo para recargarlo, el claqueo, entre el ruido constante, le tranquilizó apenas. Miró el cadáver.

El hecho de que no hubiera regresado en un nanosegundo —tiempo que le lleva a la luz recorrer 30 centímetros—, significaba que algo había cambiado, ¿la misión habría sido exitosa? De haber sido diferente, el sistema de seguridad habría abortado de inmediato. Claro —pensó—, si había matado a otro, igual cambiaba algo. Había una sola forma de asegurarse: Verificar la identidad del muerto...

Extendió la mano y la retiró, tocarlo le producía una sensación similar al asco.

No le había importado llegar a dónde estaba aquel, entre las trincheras de la retaguardia y del frente; arrebatarle el fusil y darle a quemarropa. Eso había sido fácil, emocionante, hasta placentero.

Pero tocarlo, se le antojaba otra cosa muy diferente…

Se sobrepuso, dejó el fusil a un lado y hurgó en los bolsillos hasta dar con la billetera, vieja, sucia y muy usada. Sí, era él. La foto del carnet mostraba la mirada inconfundible, la expresión del rostro y la boca... Ein Gefreiter3, comisionado como correo.

Un estremecimiento le recorrió, recordándole que estaba desnudo —no existía otra manera de cruzar el abismo espacio temporal—, y pensó que ya no saldría de 1918, para su época. Pero, debía protegerse o lo mataría el frío. Sólo había una manera; el uniforme del muerto.

A pesar de su asco desnudó al cadáver y, al ponerse las ropas aún con calor residual, comprobó que era muy cercano a la talla de aquel, apenas más robusto..., y cuanto le habían dicho sobre el chocante parecido físico.

Se estremeció y no por el frío.

Desechó la idea de que: Al matar al Gefreiter, él —El Viajero— no había nacido. Estaba ahí, porque ahora, sin posibilidad de regreso, pertenecía a aquel tiempo.

Sabía que esa era la paradoja y la había aceptado: Una vida, mejor dicho dos, a cambio de la posibilidad de crear un mundo diferente..., ese había sido su propósito.

¿Sería cierto que aquel tenía sólo un testículo? No quiso examinar el cadáver, era un detalle sin importancia. Pero lo miró fijamente a la luz de las bengalas y lo maldijo.

—¡Muere de una vez, maldito cerdo! —Exclamó en alemán, recordando a sus familiares asesinados en Dachau, a sus bisabuelos en Auschwitz-Treblinka; a los niños que habían sufrido experimentos criminales.

—Se ha hecho justicia. —Murmuró para sí mientras echaba el cadáver en un lodoso agujero, luego comenzó a moverse por el terreno batido para alejarse del peligro. Las voces cercanas lo sobresaltaron y maldijo; en vez de ir hacia la retaguardia se había acercado al frente. Las voces en alemán diciéndole que se cubriera y una cercana en inglés se confundieron con el estallido de una luz de bengala y el de algo a sus pies.

Ingresó a la negrura, con la quemadura del cloro en los ojos.

En la semiinconsciencia captó voces, palabras sueltas, mientras era llevado hacia no sabía donde; para desmayarse enseguida por el dolor atroz. De alguna manera supo que una delgada astilla de metal había entrado en su masa encefálica, posiblemente por la cuenca de un ojo. Supo que los médicos luchaban por salvarle la vista, ignorando la estría, que su conciencia, la de él, se perdía, confundiendo retazos de información y recuerdos…, ignoraba si eran suyos. Y, tuvo visiones del futuro. ¿Era futuro?

La historia; pasado y porvenir, se juntaron y se confundieron hasta volverse un calidoscopio entre amnesia, conocimiento y furia. Donde se entremezclaban objetivos, derrotas, triunfos y conocimientos que perdían finalidad.

Cuando le quitaron los vendajes notó lo dañado de su vista. Empero, sabía que era portador de una verdad: Estaba ahí para salvar al mundo. Él sabía, los otros no.

—La guerra terminó —dijo su vecino de cama.

—Nos traicionaron —agregó el mutilado del otro lado —dimos nuestra sangre y los cerdos generales, los sucios ricos, los malditos judíos; nos llevaron a esto.

Sintió crecer su furia. Debía existir una solución y, de pronto, la tuvo; era él.

En ese momento tomó la decisión, se dedicaría a la política, para mostrar a los demás el camino. Luego ocultó el rostro entre las manos y lloró.

No tuvo visitas, no tenía amigos; recordaba las burlas ¿era en el ejército?, cuando afirmaba que él cambiaría la historia. Algo —metido en su cerebro—, ardía como fuego y tenía visiones de lo que sería el futuro.

¡Ya verían!

Fue dado de alta en diciembre, una mañana gris en un Berlín cargado de amargura, derrota, vergüenza y rencor. Con esa vista no podría seguir en el Ejército, así que era uno más de los millones de desempleados.

Los comunistas amenazaban con tomar el poder. Había pobreza y hambre, pero él tenía una misión; cambiar al mundo.

No tenía recuerdos de estudios o ideas para cambiar la historia yendo al pasado, él sólo veía su futuro y allí había multitudes, banderas, música marcial: Die Fanhe Hoch!, Deutschland über Alles!4

Tomó sus pocas pertenencias y guardó la gastada billetera en su guerrera, bajo la mirada de un asistente.

Había un mundo por conquistar...

Der krankenpfleger5 le deseó cordialmente:

Hals und Bein Bruch, Gefreiter Hitler!6

 

Glosario:

1. El Doble

2. “Lo que no me mata, me hace más fuerte”: Nietzsche.

3. Gefreiter: Cabo del Ejército Alemán

4. ¡Las banderas en alto! ¡Alemania sobre todo! Son las primeras líneas de la Horst Wessel Lied de las SA y del Himno Nacional Alemán.

5. Krankenpfleger: enfermero.

6. “Cuello y huesos rotos” la manera militar alemana de desear suerte.

 

 

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Necronomicón
Segunda Época. Año 7. N° 18.
Agosto 2008

Editor: Jorge L. De Abreu
UBIK, Asociación Venezolana de Ciencia Ficción y Fantasía
http://www.avcff.org/ubik.htm
Caracas, Venezuela.

 

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