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Tal vez en estos tiempos donde podemos encontrar
el terror allá afuera en la forma de invisibles cadenas de ARN sin capacidad de autorreplicación,
quizás estas páginas hayan perdido su novedad y no sean la mejor fuente
de pánico. Sin embargo, es mi convicción que cuando el artista se aplica puede llegar a simular bastante bien esas percepciones
inquietantes que preferimos intentar ignorar, pero que nos causan un sudor frío
pegajoso y unos
temblores incontrolables de cuando las cosas se ponen verdaderamente feas.
Como siempre, Necronomicón intenta ser un lugar donde se puedan manifestar
en forma segura y controlada esos intentos
del ser humano por estimular el miedo a través de la palabra escrita. Quizás, como ya insinué al comienzo de este editorial, la realidad a veces se afane por
minimizar los logros de la literatura en ocasionar colapsos e infartos, pero siempre estarán los valientes que se atreverán a imaginar un poco más allá, compitiendo
con nuestro entorno y llevando el género a su límite. Espero sinceramente que el Necro esté contribuyendo con su granito de arena en la portentosa tarea creativa de
inquietar a nuestros semejantes. Si no, al menos me conformo si entretiene a unos cuantos de los lectores,
mientras olvidan sus otros problemas.
En este número tenemos a tres autores: un chileno, un venezolano y una peruana; y cinco relatos que abarcan los tres vértices del género fantástico: ciencia ficción,
fantasía y terror… sin entrar en más detalles pues no quiero meterme en las profundidades de las definiciones rigurosas y comenzar a desgranar un rosario de subgéneros
con el fin de que todo relato encaje a la perfección en una corriente
literaria. En esta oportunidad comenzamos con Jorge Etcheverry
en una historia que nos trae remembranzas de Wydham y una frase meme que merecería mayor atención por todos nosotros: “la mejor forma de invasión es la buscada por el
invadido”. En su otro aporte, Etcheverry se decide por una obra más simbólica: el otoño del hombre y la naturaleza parecen resumir un relato denso en ideas e imágenes.
Por su parte, Luis Alfonso Monasterios nos sumerge en el horror del ser atrapado en la desolación y donde el escape solo puede pasar por la perdición de otra persona. En su
segundo relato nos muestra una corta instantánea de una metamorfosis.
Cerramos esta presentación con un maravilloso cuento donde la cotidianeidad y la fantasía desbocada se dan la mano y no sabemos donde termina una y comienza la otra. Adriana Alarco
nos ilustra que la sustancia de la vida está construida de múltiples pedacitos de
la realidad y la fantasía.
Así que, ¿Ven como todavía tenemos espacio para la imaginación?
Estrategia
por
Jorge Etcheverry
Jorge Etcheverry es un chileno que vive en Canadá. Es doctor en literatura de la Universidad de Montreal, pero además es poeta, narrador y crítico.
Su labor literaria abarca desde la creación hasta la edición. En el primer ámbito es padre responsable de poesía y prosa aparecidos en innumerables colecciones, las
últimas incluyen El lugar de la memoria. Poetas y narradores de Chile, Editorial Ayún, (Santiago, Chile. 2007);
Latinocanadá, Hugo Hazelton. (MacGill-Queen’s
University Press, 2007), Poéticas de Chile. Chilean Poets. Gonzalo Contreras. Editorial ÉTNICA (Santiago, Chile, 2007);
100 cuentos breves de todo el mundo,
Sergio Gaut vel Hartman, (Ediciones Desde la Gente, Argentina, 2007) y en
The Changing Faces of Chilean Poetry: A Translation of Avant Garde, Women’s, and
Protest Poetry, Sandra Herron, The Edwin Mellen Press, 2008, USA. Ha escrito tanto ficción realista como obras fantásticas de Ciencia Ficción, fantasía y terror.
Con respecto al género fantástico confiesa la influencia de King, Ashton Smith, Lovecraft, Herbert, Asimov, William Gibson, Cordwainer Smith y Phillip K. Dick
entre otros. El caso de Dick no puede ser más emblemático, pues Jorge refiere la extrañeza de haber estado involucrado en la alteración de la realidad cuando a
causa de uno de sus libros de poemas titulado “Tánger” fue asociado a esa ciudad africana, hasta el punto que generaciones de antologistas le han asignado una
cuota de su vida en una ciudad cuyas costas sólo ha visto en sueños. Quizás ahora Jorge hasta sueñe en las noches con la cálida arena bereber entre los dedos de
sus pies.
Su otra labor, la de editor, ha involucrado varias iniciativas editoriales, la última de las cuales es como director de la editorial Split Quotation/La cita trunca.
Esa noche cayó un aluvión de plantas, suave y silenciosamente. Al día siguiente me las encontré en las afueras de la
ciudad, cactáceas pero sin espinas, de hojas grandes, gruesas, viscosas. Innumerables, cubrían toda la extensión hasta el horizonte. Eran desagradables de ver y
parecían no tener utilidad. Entonces tratamos de destruirlas por todos los medios a nuestro alcance, pero ni el fuego, lo más destructivo, logró exterminarlas.
Después de mucho ser lamidas por las llamas se consumían secretando una espesa savia fétida hasta secarse. Pero eran de raíces muy ramificadas y finas, firmemente
arraigadas a la tierra, y sobre ellas volvían a aparecer al día siguiente. Somos un pueblo tenaz, acostumbrado a la adversidad. Quemamos las plantas, una y otra vez, hasta que un día la aurora ya no alumbró las rígidas y gruesas hojas sino la
yerma vastedad. Pasó el tiempo, llegó la buena estación y comenzó a brotar un pasto tupido y fragante, claro y fino. Llegaban los ciudadanos, unos con sus caballos y mulas,
otros con sus vacas u ovejas, para que pastaran. Otros simplemente lo cortaban y lo dejaban secar para rellenar cojines y colchones, y aún, los más pobres, para apilarse un
jergón en un rincón de sus chozas, o a la intemperie. Pasaron las semanas, acaso meses y entre los finos tallos comenzaron a brotar pequeños granos pardos. Una vez maduros, amarillentos y numerosos, fueron muy bienvenidos,
ya que sin carecer de lo elemental, siempre tenemos necesidad de alimento. Muchos provistos de hoces cosecharon el grano, otros se llevaron la paja, que demostró ser
excelente como combustible y para combinar con barro pues formaba resistentes adobes. Las mujeres trenzaban sombreros para los campesinos, toldos, y el entramado de sillas
y taburetes. Diestras tejedoras hicieron resistentes fibras de los tallos, y urdieron prácticos y finos tejidos, de diferente grosor y para diferentes usos. El pasto,
aún no bautizado, parecía ir aliviando toda preocupación, no siendo mejor para una cosa que para otra, aplicándose a muy variados usos con eficacia semejante. Invadía los
ambientes en sus formas transformadas, siempre reconocible a través de sus múltiples transformaciones. Algunos hasta destilaban un vino rubio en sus sutiles alambiques. Pero yo abrigaba desconfianza. Mi familia ejerce desde generaciones la profesión de arúspice. Cuando miraba como al pasar esa extensión dorada y ondulante en el crepúsculo,
me parecía ver las hojas obscuras... Los fines de semana mis parientes y amigos se juntaban en la gran casa familiar y bebían ese vino rubio, mejor que todos los vinos
antes destilados por manos humanas. Pero no había caso. Me parecía ver las plantas en el manto de las mujeres, flotando en las ánforas, en el pan negro y blando, sobre los
muebles, reptando por las paredes... Pero en medio de mis cavilaciones y dejándome llevar por esta mente especulativa que de niño celebraban mis mayores, esbocé caprichosamente una teoría: la mejor forma de
invasión es la buscada por el invadido, cuando instala al invasor en su casa y se acostumbra a él de modo tal que ya le es imprescindible… Esta idea me divertía y decidí
usarla en una de esas polémicas a las que somos tan aficionados y que nos distinguen como nación. Me deleita ver la cara de mis interlocutores cuando profiero esas razones
que medito para inducir perplejidad en las reuniones sociales. Me acerqué al salón principal, donde la mayoría de los invitados departían. Miré regocijado por el ventanal
el pasto que ondulaba, una alfombra casi dorada más allá de las últimas casas del pueblo, regocijándome por anticipado con la discusión para la que me serviría de tema.
Espejo, espejo
por Luis Alfonso Monasterios
Cuando el joven Luis Alfonso leyó “El hijo” de Horacio Quiroga, su vocación quedó marcada en su mente, como las primeras imágenes en el
cerebro de las aves. El impacto de las palabras de Quiroga, de la historia macabra que acababa de vivir a través de la lectura le marcó su rumbo futuro. A partir
de ese momento quiso dedicarse a la literatura con el fin de conseguir ese tipo de comunicación con el lector, ente desconocido que podría compartir en diferido su
aventura en las letras, invitado, quizás sin saberlo, a los mundos de su mente.
Luis Alfonso Monasterios es poeta, escritor y teatrero. Entre 1990 y 1994 participó en los talleres literarios de Laura Antillano, Solange Rincón y Fátima Celis, en el
centro de Bellas Artes de Maracaibo. Desde 1995 es miembro del Taller Regional de Teatro de Maracaibo, participando, como técnico y actor, en los montajes de
“El entierro
del Lago”, “Cosas de Amor”, “El Cazador”, “Juego de Niños”,
“Sol de Papel”, entre otros. Ha coordinado y asesorado grupos y talleres de títeres y teatro, en escuelas.
También ha dictado talleres de poesía. Profundo humanista, pacifista y apasionado de la poesía, funda en noviembre de 1999 la “Sociedad de Poetas del Alba Dorada”, junto
a otros poetas que quieren cambiar al mundo a través de la poesía, defender el derecho a la dignidad, el amor, la belleza y la libertad de la raza humana. Es miembro de
la Red de Escritores de Venezuela, seccional Zulia; de la comisión organizadora del 1er. Simposio de Literatura “Jesús Semprun” y de la “Fundación Andrés Mariño Palacios”.
También es miembro de Misión Cultura.
En el ámbito del terror tiene un libro de relatos inédito titulado "Los Ojos del Diablo" dedicado a Poe, Lovecraft y Machen, una antología en perpetua
construcción-deconstrucción, donde mueve elementos, saca cuentos y pone otros, buscando la forma correcta, definitiva. Los dos relatos publicados aquí son parte
(o lo han sido) de esa colección de cuentos.
Querida Cristina
Prometí escribirte hace tiempo. Disculpa. No pude o no quise. Ahora, tengo algo sorprenderte que decirte; tal vez pienses que son mis delirios y alucinaciones de
siempre. Y puede que tengas razón, no sé. Nunca me he sentido tan confundido y desolado como ahora. Te darás cuenta, cuando termines de leer.
Mi alma no tiene descanso, ni el más mínimo. No hay paz, ni rezos. No hay nada. Tengo miedo, mi querida Cristina. No sé cuanto tiempo ha pasado, no sé si todo es
una terrible pesadilla kármica, originada por mis propios fantasmas. Pero, algo pasó, está pasando conmigo en este momento. Trataré de contarte. Quizás no me dé
tiempo terminar. Quizás sea lo último que te diga.
¿Recuerdas la vieja casa abandonada, cerca del Tecnológico? Bien. Pasaba por ahí, vi a una mujer entrando, una mujer bastante joven.
Llevaba el pelo largo y desordenado, es lo único que recuerdo con claridad de ella.
Sólo la vi un breve momento. Entró con rapidez. La seguí. Dejó la puerta abierta, así
que entré también. La llamé varias veces, no me respondió. La casa de tres pisos, estaba, —al parecer—, solitaria y además cubierta de polvo por todas partes. Subí al
tercer piso; escuché, —o creí escuchar—, murmullos en la última habitación. Abrí la puerta con cierto susto, no había nadie. En el suelo encontré una bolsa de tela, la
revisé, dentro había arena roja, pestilente; vomité lo poco que contenía mi estómago. Vi un marco vacío, al principio eso creí, luego, me di cuenta que era un espejo
negro, de cuerpo entero, todo negro, con un marco de fina madera, olorosa a incienso milenario, muy en contraste con la maldita arena rojiza de la bolsa. Por supuesto,
el espejo no reflejaba nada. Di varios golpes suaves, con mi puño, en la superficie negra. Escuché con bastante claridad a mi espalda, una voz suave y femenina: “—Sácame…”
giré y no vi a nadie. Golpeé una vez más y otra, escuché la voz suave, pero, no giré, me quedé mirando el espejo. Escuché:
—Sácame y serás inmortal…
En ese momento giré lo más rápido que pude, —y claro—, no había nadie. Pero, al mirar el espejo, este se puso como líquido y fosforescente, donde había golpeado con mi
puño. Empezó a oírse desde su fondo, una música extraña: como un lamento distante o como una maldita letanía. Todas mis fuerzas, —o lo que de ellas quedaba—, mentales y
físicas, me abandonaron. Caí inconsciente por algunas horas.
Hay algo que no te he dicho. Traté de suicidarme. La madrugada anterior de cuando entré en la casa. Con pastillas, fallé claro. Ni siquiera morirme me sale bien. Sé que
varias veces lo discutimos y casi llegas a convencerme. Aún así, lo intenté. Traté de vencer mi insomnio para siempre, salir de la responsabilidad de ser hombre. Tomé las
pastillas que encontré, no sé de cuales. Dormí, soñé contigo, Cristina. Compartimos un helado. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Marzo 21. Equinoccio de primavera. Nos
conocimos en la escuela de arte. Amaneció. Desperté. Llegué al vestíbulo del infierno y me regresaron. Tal vez no tenía pasaporte. Te podrás imaginar el malestar. Vomité
una y otra vez. Casi sin defensas sicológicas, decidí salir a caminar, ya sabes a donde llegué.
Cuando desperté, la habitación estaba en penumbras. La única claridad entraba de la calle, por las rendijas de la ventana cerrada. Pensé que todo había sido una alucinación,
por efecto de las pastillas. Sudaba, me tranquilicé un poco para irme.
Oí otra vez la música extraña, el espejo resplandeció, cegándome por completo e iluminando toda la habitación por unos segundos. No me reflejaba, ni a la habitación
tampoco.
En cambio, si podía ver a través de él; un pasillo lleno de puertas a cada lado; unas abiertas, otras cerradas, se perdían en la distancia. La música no cesaba. Una mujer
hermosa salió de algún lugar; de cabello negro y largo, se detuvo frente a mí, sus ojos a la altura de los míos, me dijo:
—Sácame y serás inmortal… dame tu mano… y arroja un puñado del polvo contenido en la bolsa de tela… sobre el espejo…
Lo hice. Le di la mano. Lo que sucedió luego, no tengo fuerzas para contártelo.
¿Delirio? ¿Alucinación? ¿Karma por jugar con los dos filos? No sé. No quiero lastimar a nadie. No quiero llevar a nadie al infierno conmigo. Estoy solo en absoluto,
Cristina mía.
“Mañana será otro día”; decía mi abuela.
Aléjate de mí, pero no me dejes solo. Debo irme. El espejo empieza a resplandecer otra vez.
¡Te quiero mucho y te extraño!
Alfredo, Maracaibo.
La tarde de cumpleaños
por Adriana Alarco
Los invito a imaginar que tengo una máquina del tiempo. Vamos, que no es tan difícil y además es uno de los recursos más manidos de la Ciencia Ficción.
Es una buena máquina que además se desplaza en el espacio y nos puede llevar a una Lima de hace unos cuantos años solares. Una Lima que, como casi todas las
urbes latinoamericanas, era más sosegada, menos caótica y donde había más tiempo para soñar y creer en los sueños. En esa ciudad buscaremos a un historiador
poseedor de una biblioteca enorme, llena de fantasía. Un verdadero bosque de letras donde deambula maravillada y satisfecha una pequeña niña: Adrianita en su
País de las Maravillas. Una niña que junta letras, junta palabras, junta oraciones y disfruta los infinitos universos imaginarios que se forjan ante sus ojos.
Mundos de magia y de portentos. Mundos de princesas, de hadas, de héroes… emociones que la niña pronto comienza a transcribir al papel, forjando sus propias
fantasías. Con tantos personajes y e historias inventadas ni Carroll podría estar más feliz. Quizás en esos días limeños decidamos apagar la máquina y quedarnos
allí… tal vez, aunque lo más probable es que la fuerza del terruño nos arrastre y regresemos al presente. No importa, Adriana ya adulta continúa regalándonos sus
sueños; escribe y transmuta sus emociones al papel, las fija, las ata en nudos de palabras que nos subyugan. “Tarde de cumpleaños” no tiene un sombrerero o un
conejo blanco, una reina de corazones o un gato de Cheshire; no los necesita, lo leemos y nos sumergimos en la maravilla. Lentamente reconstruimos a Carroll, en
cada uno de los globos… y en los niños que se esconden tras los tejados.
Para los fanáticos de Blancanieves
El día antes del cumpleaños, la casa estaba llena de gorros de cartulina y olía a gelatina de colores. Rellené la piñata de muñequitos de latón, sapitos bullangueros
y caramelos. Inflar los globos me dejó sin respiración, por lo que conseguí un balón de gas helio para hacerlo rápidamente.
En medio del verano mi hija mayor ha cumplido cinco años y el Club del Carbón y del Hollín, nos prestó su jardín, para hacer allí la fiesta de cumpleaños. Mis hijas se
veían como dos muñequitas con sus vestidos almidonados, sus zapatos lustrados y cintas en el cabello, pero apenas llegamos, se ensuciaron de carbón y metieron la
nariz en la torta de chocolate picante.
Mientras les lavo la cara y las manos, comienzan a llegar los invitados. Siete enanos terribles voltean sillas, jalan manteles, se cuelgan de los árboles y hay uno que
otro con un chichón en la cabeza. Soldaditos de plomo con uniformes brillantes marchan por el sendero empedrado. Aturdida, reparto los sombreros con gran éxito,
hasta que los más grandes se los quitan a los más pequeños.
─¡No me gusta este que parece una corona con espinas! ¡Yo quiero el rojo que tiene esa niña.
Al arrojar el sombrero de la discordia al suelo y saltarle encima con los pies, en medio de los alaridos estridentes, se escucha la voz del niño destructor:
─No importa, ya no quiero el sombrero rojo porque está roto.
Ofuscada con la tarea de deshacer entuertos y limpiar mocos ajenos, lleno algunos globos gigantes con gas helio y los amarro a la rama de un árbol, mientras soldaditos de
plomo marchan al compás por el sendero de piedra.
En esa tarde llena de sol, el jardín con sus árboles frondosos ampara la algarabía de los torbellinos. Los llamo a tomar el refresco y todos corren como diablillos a
escoger el trozo de torta más grande sobre el plato más grande a pesar de que yo los veo todos del mismo tamaño. No falta alguien que se lamenta:
─A mí los sorbetes con flores de manzanilla no me gustan y las galletas de pétalos de rosa me hacen daño...
Veo asomar el hocico del lobo feroz detrás de un árbol, pero cuando pestañeo, ya ha desaparecido. Los trencitos bajo las campanillas se deslizan por los rieles en
miniatura, chocan entre ellos, se desparraman en el jardín.
Mientras cantan cumpleaños feliz, mi hija mayor sopla sus cinco velitas, emocionada. La menor no canta, ocupada como está en comer sola llenándose el vestido, el
cabello y las orejas de gelatina de frambuesa y betarraga.
Algunos de los más traviesos desamarran los globos inflados con helio. Veo que empiezan a flotar en el aire con la brisa de la tarde que los aleja sobre los árboles y
techos de las casas. Los contemplo asombrada. No sé si sentir alivio o espanto pues el estupor me ha paralizado los sentimientos. Sólo atino a hacerles adiós con la
mano porque veo lo alegres que van donde los lleva el viento. Me acaricio el vientre donde palpita otra vida. Todavía sigue allí y no se ha ido volando.
Todos corren y me crecen cinco manos para poder repartir los globos, frenéticamente. Los trozos de torta terminan regados por el jardín y el alboroto forma un diseño
variopinto, cuando los niños empiezan a levitar colgados de las esferas de colores. Quisiera ser la bella durmiente y despertar después de la fiesta. Veo a dos traviesos
que se balancean sobre las ramas de los árboles con sendas espinas de cacto reventando los globos de los más pequeños que caen al suelo.
Apenas me acerco a levantarlos, angustiada, los terribles revienta-globos declaran con satisfacción:
─¡Cómo nos estamos divirtiendo!
Les entrego otros de formas diferentes y, como estaba previsto de antemano, al poco rato ellos también vuelan por el aire y se alejan de la fiesta colgados de sus
globos gigantes, gritando contentos...
Luego, veo que algunos se avientan por el techo, dentro de las chimeneas del Club de la Mina y me aterro. ¿Y si se quedan atrapados? ¿y si se caen y se hacen daño?
¿y si no salen por el otro lado? ¿y si se queman?
Pero al ver que aparecen por la puerta del jardín, llenos de hollín y de carbón, noto que están sucios pero están enteros. Suspiro aliviada con el corazón que late
furiosamente, y los reúno para romper la piñata llena de sorpresas, caramelos de garabato y muñequitos. Cuando los más pequeños recogen sus pitos y sapitos bullangueros,
escapan por el jardín felices de poder hacer ruido.
─¡Yo no quiero esta sorpresa! ¡No me gusta!
¿Hubiera sido mejor llenar la piñata de manzanas?
Enseguida, los soldaditos ganan la batalla y marchan entre los guijarros tocando su tambor de hojalata; los sapitos saltarines se pierden entre la hojarasca y las
maripositas de latón se deslizan leves entre las flores mientras los pequeñines corretean detrás.
Reparto globos con helio ensimismada por el ruido ensordecedor y los niños siguen desapareciendo en el aire hasta que casi no se ve a ninguno jugando alrededor.
Quedo demudada a ratos por las caídas, la agitación, los chillidos de susto y los sobresaltos, pero respiro profundamente y me convenzo de que no debo inquietarme. El
jardín se envuelve en una vaga penumbra y comienzan a disminuir los últimos invitados llenos de hollín y gelatina. Sus madres los buscan desesperadas con los ojos
levantados, arriba, entre árboles y techos.
─¿Cuánto le ha costado la fiesta, con esos globos mágicos y esa torta tan grande?
─¡Paciencia, señora mía, me ha costado mucha paciencia!
Se apagan los últimos clamores de la batalla campal en miniatura. Algunos padres persiguen a sus hijos por las calles para llevarlos a casa pero ellos prefieren seguir
columpiándose en el aire, colgados de los globos, hasta que finalmente aterrizan en los techos, chimeneas y jardines.
Regreso jadeando, arrastrándome y abrazando a mis hijitas que duermen con una sonrisa en los labios. ¡Un día se irán por el mundo colgadas de sus globos de colores!
Cierro los ojos y siento con inquietud que me patea la bebé que aún no ha nacido. ¡Debo pensar que ella también cumplirá cinco años algún día! Me estremezco, con ese
miedo ineludible que acompaña la libertad de procrear. Milagro de la vida. Después de una tarde agotadora, escucho en medio del silencio los latidos de otro ser flotando
en mi interior.
Respira
por Luis Alfonso Monasterios
Ha sido un tiempo agitado, a veces obscuro, a veces luminoso. Vengo de darme vueltas. Apenas recuerdo cuando salí. Pero, eso sí, nunca perdí perspectiva; ni quién era, ni mi función. Aunque con mis dudas y por supuesto, mis placeres. Han pasado muchas cosas, siguen pasando. Sé que las sombras también brillan y no con “luz negra”, como piensan algunos necios arrogantes.
Es curioso como ahora, las palabras que siempre aborrecí y en algunos casos traté de destruir, sean para mí, importantes y hasta vitales, ––no puedo evitar una sonrisa—. Y cómo mi percepción de lo que ellos llaman “concreto y abstracto”, haya dado un cambio tan drástico. Tal vez, no tanto, tal vez, fue paso a paso, sólo que no lo noté hasta ahora, cuando veo el fenómeno completo y terminado. Y pensar que muchas veces dudé queriendo regresar.
Estoy aquí, vengo a llenarme de luz y mis enormes alas de murciélago han sido cambiadas por inquietas alas de soles blancos y rojos.
Sueños boreales en otoño
por Jorge Etcheverry
Más y más, ella me pide desde los sueños. Pero me despierto y me doy cuenta de que ni siquiera mi erección del alba tiene la consistencia férrea de esos años ya
idos que reaparecen una y otra vez en estos meses del otoño boreal, que para cualquier habitante del Sur sería invierno declarado. Pese al aire automáticamente
calefaccionado, un cierto friecillo se escurre igual por las hendiduras, no importa el cierre hermético de puertas y ventanas. Más, más, me dice. No sueño nunca
con ella en primavera. Un par de veces me ha parecido que me acuerdo de su rostro, en esos veinte segundos entre el soñar y el despertar, como un braceo con que se
sale en estos días de otoño de un agua espesa a una luz cegadora y quizás cálida, pero por otro lado concientizadora como un escrito del Marx joven. O purificadora
como el sermón celibatario de un Saulo joven, frente al cual retroceden las tinieblas cálidas del sueño, llevándose con ellas a esa mujer, joven creo, que siempre
en sueños, en esos días de otoño, dizque hace una centuria se aparecía a los habitantes de estas latitudes, sobre todo mestizos, sobre todo de lengua francesa. En
esas noches, rodeada de lobos, también pidiéndoles a ellos más y más. O al menos eso dice la leyenda métis sobre esa mujer que reina sobre manadas de lobos o
coyotes o zorros blancos que aúllan en las noches en estos meses de otoño que se estiran de fines de septiembre a fines de diciembre y traen lluvias heladas, las
primeras nieves, la vegetación baja de los campos crujientes de escarcha y a esos lobos que antes se atrevían a llegar al límite de los poblados. Ahora ya no
existen y no hay licántropos ni indios ni europeos ni mestizos y los sueños sueños son. Si los hubiera se mantendrían lejos de estos suburbios que han hecho
retroceder a los bosques, en estos meses ya no tan fríos como antes gracias a la intervención humana. No se acercarían peligrosamente a los hogares de los hombres,
que ya empiezan a recogerse entre sus límites defendidos y tibios en preparación del inconcebible y planetario invierno, que envalentona a los lobos y a su reina,
la del pelo suelto, que ahora empiezan a circular y al menor descuido se meten a los pasillos, se asoman a las ventanas. He trazado un círculo rojo alrededor del
número 21 en el mes de septiembre en el calendario, ya han pasado varios días. La enfermera joven piensa que así marco la fecha de una visita que no se realizó,
como tantas. Cree que eso me ha afectado desfavorablemente y cree que por eso ya no voy al salón a ver deportes o noticias en televisión porque en esta estación es
cuando hay que tener el ojo más vivo sobre la gente como uno, sin que nos demos cuenta claro, no sea que nos sintamos tentados a hacer una barbaridad. ..
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