Necronomicón

Segunda Época. Año 8. N° 20. Marzo, 2010

Primera Parte

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Génesis

por Ermanno Fiorucci

Ermanno Fiorucci es un escritor oriundo de Italia y radicado en Venezuela desde 1955. Así que tiene más años que yo por estas latitudes (y de paso con mayor conciencia, pues hay muchas personas que han comentado que yo soy básicamente un inconsciente). Fue oficial de la marina mercante venezolana, es pintor que ha intervenido en numerosas exposiciones colectivas y diseñador de una zapatilla de ballet. Además, por si fuera poco, es escritor y de larga data. Conocí sus habilidades literarias en 1988 con la publicación en Cygnus Nº 3 de su relato Precisión, equilibrio y perfección. Ermanno ha publicado relatos en otras revistas digitales como Alfa Eridiani y Letralia. Fue uno de los autores que conformó la antología de CF que preparó Alfa Eridiani en 2007. Como autor, Ermanno es exigente con la trama, en la cual todas las piezas deben calzar milimétricamente. Nada sobra, nada falta. Quizás haciendo honor a su personaje Perfecto Pérez del cuento aparecido en Cygnus, o al revés, siendo Pérez un reflejo de la minuciosidad de Ermanno en sus relatos.
Sobre el sempiterno dilema del escritor, Ermanno comenta que “Vivimos rodeados de interrogantes, de enigmas que provienen unos de lo más profundo de la historia, o que han surgido a lo largo de ésta. Se dice que se consigue algo que decir fácilmente mirando en torno nuestro, y no dándonos por satisfechos con el misterio sino adentrándonos en él hasta esclarecerlo. Ese descubrimiento puede ser, a veces, espantoso, porque nos revela la amenaza de un peligro que se teme… Se debe reunir valor para querer decirlo… La tercera condición se logra cuando se adquiere la capacidad de asimilar y analizar los acontecimientos de dos siglos de nuestra historia. Sólo en ese caso podríamos, quizás, alcanzar la dicha de encontrar un pequeño espacio en el cual albergar un granito de sabiduría con alas, para saber decirlo.”
El resultado de esta manera de pensar es una historia pulcra y contundente, donde la trama fluye segura hasta su desconocido pero lógico final y eso se agradece con toda nuestra alma de lectores. Génesis es un buen ejemplo de todo esto.

Estoy viejo, débil y cansado, pronto moriré… así que les contaré como inició todo… y ¡qué Dios nos proteja!

***

Adán estaba sentado sobre un tronco en forma de trono, que el oleaje había empujado hasta las rocas grises en la orilla del mar.

Tenía seis años, era pálido, sus cabellos exhibían un corte cepillo y los ojos tenían un raro color violeta mustio.

Se levantó y comenzó a caminar a lo largo de la orilla, las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta.

Dio vuelta a una ligera curva de la playa. Delante de él podía ahora observar un gigantesco tronco quemado por el sol. Al lado, sobre la arena húmeda, destacaba un objeto verde y brillante. Era una botella parcialmente enterrada en la arena, de forma muy extraña. Parecía muy vieja.

Ilustración por Juan Raffo basada en la historia de "Génesis" de Ermanno FiorucciAdán la recogió. Sus dedos hicieron saltar con pericia, parte de la laca dejando al descubierto el corcho ennegrecido. Trató de quitarlo, y la botella comenzó a vibrar, de pronto, se oyó una fuerte explosión, y una fracción de segundo después, de la botella salió un relámpago cegador. Adán gritó, la botella le saltó de las manos. Desde un punto cercano surgió una carcajada. Pero no había nadie alrededor

Adán se levanto y miró su entorno con aire furtivo… Tenía miedo.

De pronto la carcajada cesó y llegó a sus oídos una voz no natural que surgía de la nada… igual que la carcajada.

Deseo, quiero y ordeno.

¿Qué? —dijo Adán—, ¿dónde está Usted?

Aquí —dijo la voz—. En el viento.

Pero no le veo.

Nadie puede verme. Soy Zevahc el jefe de los genios. Fui encerrado en una botella por el mago Zerep. ¡Pero ahora soy libre! Por tu gesto serás recompensado. De acuerdo a la tradición, yo haré realidad tres de tus deseos. Deseo quiero y ordeno son las palabras que abrirán la puerta de tus sueños. Pronúncialas cuando quieras. Yo escucharé y obedeceré. ¿Recuerdas las palabras verdad?

¡Sí! las recuerdo. Se escuchó de nuevo la carcajada.

¡Zerep, ya he obtenido mi venganza!

Adán comenzó a correr para alejarse del tronco y de la botella vacía. Siguió corriendo hasta ver una casita blanca- Se dirigió hacia ella. Una mujer salió de la casa y corrió a su encuentro.

¡Por Dios, Adán! ¿Adónde estuviste? ¡Estaba muy preocupada!

Fui a la playa, cerca de los arrecifes… Encontré una botella. ¡Dentro había un genio! Me concedió tres deseos.

¡Adán! ¿De dónde sacaste ese cuento?… mi amor. ¡Tu sí inventas!

Yo quiero un millón de helados… Quiero que el agua del mar sea siempre tibia y quiero que todos los niños y las niñas sean como yo, para tener siempre con quien jugar.

Gentilmente, con ternura, la madre tomó la mano del hijo mongoloide.

Vamos a la casa, mi amor. Vamos.

Deseo, quiero y ordeno —sentenció Adán casi en un murmullo.

 

 

Ciertas patologías

por Jorge Gómez Jiménez

Jorge Gómez Jiménez es escritor y editor, dualidad con la que se lleva muy bien. En su faceta de escritor coquetea de vez en cuando con la literatura fantástica y especialmente con la Ciencia Ficción, y en estos escarceos tampoco le va nada mal. Fue uno de los autores presentes en la antología de CF venezolana editada por Alfa Eridiani en 2007. Ha publicado varios libros, entre los que se encuentran una colección de cuentos (Dios y otros mitos, 1993) y dos novelas (Los títeres, 1999; El rastro, 2009). Fue el promotor y editor de una antología digital de CF publicada con motivo a la alborada de este nuevo siglo, 2000: el futuro presente, que reunió a varios autores hispanoamericanos. En 2006 fue seleccionado para participar en la Primera Semana de la Nueva Narrativa Urbana de Caracas.

En una de sus actividades más conspicuas, Jorge Gómez es editor de la excelente publicación digital Letralia, la revista de la comunidad literaria hispanoamericana, que quincena a quincena, desde 1996, se cimenta como una de las principales opciones de literatura de calidad en Internet.

En esta ocasión, Jorge nos ofrece la oportunidad de ver la probable génesis de un nuevo mito urbano. La zoantropía verdadera puede ser algo más que dolor y muerte… También cuentan los aspectos más elevados de la vida: la amistad, el amor y a veces también el sexo desenfrenado.

 

 

Entraron enloquecidos, vibrantes, ebrios de sí mismos, tropezando con todo, lanzando a la alfombra lámparas y juegos de llaves y joyas minúsculas y muy molestas bajo los pies, inventando maneras ilícitas de desvestirse sin interrumpir los besos, olvidando rigores esenciales del confort como encender el aire acondicionado o bajar las luces, delirando en el primer contacto cuando la piel desnuda parece un manto de terciopelo pues aún no ha sido lubricada por el sudor, agotando gratificantes posturas y gimientes aullidos y torturantes pellizcos antes de alcanzar el largamente postergado clímax.

Descansaron unos minutos evitando ser vencidos por el sueño para asearse, ella se levantó primero y él pudo voltear para admirar ese maravilloso y escultural y ondulante cuerpo y decirse no puedo creer que he estado dentro de ese volcán, y cuando ella se perdió tras la puerta del baño él buscó con la mano el botón del aire acondicionado e hizo ademán de levantarse, aunque realmente encendió un cigarrillo que fumó a grandes y cansadas y satisfechas bocanadas mientras pensaba en su suerte.

Él había entrado al restaurante nada más a orinar y ella estaba solitaria sentada en una de las mesas, y cuando él pasó de regreso ella lo miró amenazante, feroz con sus ojos de almendra y sus pómulos pronunciados y su piel oscurísima y él se dio cuenta entonces de que había una orquesta y algunas parejas bailaban, ella asintió como si él hubiera tenido tiempo de invitarla y bailaron muy juntos, conversando sólo lo indispensable, alterando el ritmo natural de la música con impulsos propios, decidiendo ahí mismo la fuga a recintos más íntimos.

Cuando ella salió del baño ya el cigarrillo estaba en franca agonía y él quiso acotar lo mucho que le habían excitado ciertos gemidos que ella desbocó durante el clímax, cuando sus ojos parecieron despedir lenguas de fuego y todos los vellos de su piel se erizaron y sus uñas intentaron peligrosamente rasgarle la espalda y su cuerpo se convirtió en una oscura túnica ondeante sobre él, pero prefirió asearse antes y así a su regreso iniciaría una conversación digna del momento y aprovecharía para explorarla un poco y saber de ella y quizá hasta prepararla para una nueva y más fogosa andanada.

Tomó una ducha rápida previendo que ella podría estar cansada y se dormiría si él tardaba mucho, y sonrió secretamente cuando volvió y la encontró recostada en una postura sugerente y terminando un cigarrillo, y siguiendo su pequeño plan habló de los gemidos que le habían excitado tanto y ella esbozó una sonrisa diminuta y lo atrajo hacia sí y le dio un largo beso, y le dijo con voz muy baja como si estuviera confiándole un secreto que siempre que se acercaba al clímax se transformaba, quizás porque estaba condenada desde niña a ser una pantera, y él rió la ocurrencia y encendió otro cigarrillo y se levantó de la cama para traer un vaso de agua del que ambos bebieron con avidez.

Ilustración por William Trabacilo basada en la historia de "Ciertas patologías" de Jorge Gómez JiménezNo tardaron mucho en estar dispuestos para la segunda sesión y esta vez sí cuidaron los detalles, y él pudo a media luz ver cómo a ella se le distendía la mandíbula y entre sus dientes blanquísimos su lengua palpitaba como un animal con vida propia y en celo, y pudo disfrutar de los contrastes cromáticos del cuerpo monumental en el que estaba entrando y del contraste sensorial del aire frío con su cuerpo en ebullición, y se excitó hasta el borde de la depravación cuando ella lo asió con sus manos y sus piernas y en ágil maniobra cambió de postura y lo lanzó contra la cama y se alzó sobre él, y sus ojos y su piel y sus uñas y su cuerpo en su totalidad empezaron de nuevo a estallar.

Se asearon juntos y con expresión satisfecha y quizás con prisa porque deseaban dormir un rato antes de un eventual tercer encuentro, y ella le preguntó si de nuevo le había parecido que se transformaba, y él la besó y le ratificó su impresión y hasta se permitió bromear y llamarla mi pantera, y ella hizo un mohín y se lamentó de que él no creyera que realmente estaba condenada desde niña a ser una pantera, pero le prometió que si no opinaba al respecto le contaría con gusto su historia en la cama, y él puso como única condición que tras la historia vendrían al menos unas pocas horas de sueño antes de la siguiente sesión.

Ambas promesas fueron cumplidas, pues ella contó su historia y luego encendió un cigarrillo y él no dijo nada excepto las buenas noches, y mientras se deslizaba plácido a las más profundas regiones del sueño pensaba en la locura de ciertas gentes y en ciertas patologías que inducían a las personas al vano juego de jurar la veracidad de historias absurdas como la de ella.

Decía que cuando niña había apedreado hasta la muerte al perro de la vecina, decía que esa noche dos enormes perros entraron por la ventana de su cuarto y le hablaron en forma pausada y con educación pero severamente, decía que los perros que la habían visitado eran algo así como representantes de la autoridad animal, y decía que ellos la habían condenado a ser una pantera cada vez que sus más remotos instintos afloraran, y él como es natural no creyó nada pero había prometido no opinar y hasta una sonrisa habría sido una opinión y simplemente viró sobre sí mismo y se durmió.

Ella no estaba cuando las horas cumplieron el ciclo en el que exterminan a la noche y los policías irrumpieron en la habitación, y el empleado que les había cobrado y dado la llave dijo que era extraño porque estaba seguro de que el hombre muerto con la espalda rasgada como si hubiera sido de papel había entrado con una mujer alta y de tez morena, y aunque un testigo aseguró haber oído un rugido como de felino salvaje y ese testimonio permitía elucubrar coherentemente que la mujer había sido llevada fuera del hotel por la fiera, no se encontró otro cadáver en las cercanías ni hubo manera de explicar qué diablos hacía una pantera en pleno centro de la ciudad.

 

 

Un éxito antinatural

por Susana Sussmann

Susana Sussmann es física especializada en metrología. Ha sido docente en esos temas en varias universidades nacionales en pregrado y postgrado. Actualmente se desempeña como Coordinadora de calidad y Coordinadora de los laboratorios de metrología de masa y dimensiones del Instituto de Ingeniería.
Además de sus actividades profesionales, Susana también se dedica a la literatura fantástica. Es editora de la revista electrónica Crónicas de la Forja, coordina el taller literario Los Forjadores y organiza mes tras mes la Tertulias caraqueñas de Ciencia Ficción, Fantasía y Terror. Parte de su obra literaria ha sido publicada en varias revistas digitales del género fantástico como Axxón, Alfa Eridiani, TauZero y Crónicas de la Forja. Uno de sus cuentos: La esperanza es lo último que se pierde, apareció en la compilación Visiones 2000 que edita la AEFCFT.
Hay áreas de sombras donde la realidad y la fantasía están tan entrelazadas que no sabemos dónde termina una y comienza la otra. Son zonas donde lo menos que podemos sentir es desasosiego, y en la mayoría de los casos lo que queremos es estar seguros que aquella historia es pura elucubración del autor. De alguna forma estamos seguros que no es así, que algo de cierto hay en aquella obra de ficción. Son demasiados detalles, muchas pinceladas de lo común y cotidiano, de sentido común. Susana seguro que explota esos sentimientos en su relato Un éxito antinatural, a lo mejor usa algunos retazos de realidad, de experiencia propia, y luego lo salpica todo con su imaginación. Quizás… quizás…

 

Cuando renuncié a mi empleo para no volver a verle la cara al jefe pensé que esa etapa de mi vida quedaba definitivamente en el pasado. Conseguí un nuevo trabajo en el que me sentí feliz durante tres años. Aquí venía él de vez en cuando, puesto que ambas instituciones tenían cierta relación y algunos proyectos en conjunto, pero de visita todos somos buenos. Hasta ese día.

—¡Buenos días!

—¡Hola! ¿De visita otra vez?

—No. ¡Hoy comienzo a trabajar aquí!

El mundo se derrumbó sobre mi cabeza. ¿Trabajar aquí?

—Sí, en la Dirección.

¿Y encima en la Dirección? ¿Labor supervisoria?

Durante algunos meses lo ignoré, pues él estaba en sus labores y yo en las mías. Pero un día empecé a ver que su actitud había cambiado. Ahora se paseaba por los pasillos con una arrogancia nueva. Al poco tiempo de notar el cambio, supe la razón: lo habían nombrado para El Cargo, nada menos que el chivo que más mea, apenas por debajo del Presidente. Había vuelto a ser mi jefe, aunque esta vez, gracias al Cielo, con dos supervisores más entre él y yo.

Aparte de encajar el golpe, y aceptarlo, y tratar de vivir con esa desagradable presencia tan cerca, apenas a tres oficinas de la mía, aparte de eso empecé a preguntarme qué hacía este señor, al que no le encontraba cualidad alguna, para tener tanta suerte en la vida.

Él había empezado mal su carrera, lo cual no es sorprenderte una vez que uno ha visto su forma de trabajar. Renunció a su primer empleo porque no soportaba que le dieran órdenes. Lo echaron del segundo por participar en una huelga fracasada. Trabajó un tiempo por su cuenta, siempre al borde de la quiebra. Pero un día su suerte cambió de forma radical. Lo recontrataron en su segundo trabajo con un cargo de alto nivel (fue entonces cuando lo conocí), y ascendió dos veces en menos de tres años. Cuando la cosa se puso difícil en aquel lugar, lo “recomendaron” en este nuevo sitio que yo había convertido en mi nicho y en el cual tenía esperanzas de ascender. Y al poquito tiempo, ¡zas!, un nuevo ascenso. ¡Que sólo le faltaba destronar a la jefa-jefa y se apoderaba de todo!

Era casi divertido. Todo el mundo hablaba mal de él. Todo el mundo lo describía incompetente. Todo el mundo se preguntaba cómo era que él tenía un cargo de tanta responsabilidad. Y él, ascenso tras ascenso, a pesar de ello. Era como con los rumores: cada persona sabe que pasó tal cosa, pero nadie en realidad lo ha vivido, siempre fue al primo de un amigo, o algo similar. En el caso de este señor sucedía que nadie sabía cómo había llegado a este nivel, todos se preguntaban quién lo habría considerado, y cada uno pensaba que quizás habría sido el de al lado.

No, definitivamente no era natural. Y, como tengo una imaginación muy viva, empecé a fantasear con que él le había vendido el alma al diablo. Lo malo es que la fantasía empezó a cobrar un aspecto de obsesión, y de esa forma sucedió que me decidí a seguirlo un día a su casa.

Ilustración por Juan Raffo basada en la historia de "Un éxito antinatural" de Susana SussmannDurante varias noches lo espié por una ventana. Afortunadamente él vivía en una casa en una zona algo apartada, por lo que no había vecinos fisgones que me denunciaran a la policía. Cuando ya estaba a punto de darme por vencida, ocurrió algo interesante: hubo un cambio de directivas, y la cosa se puso un poco… peligrosa para los cargos altos como el de él. Y me dije que si él había vendido su alma al diablo, tal vez tuviera que “renovar el contrato” para salvarse de esta nueva contingencia gerencial. Y retomé la vigilancia con nuevas ganas.

Fue así que una noche lo vi sacar de su biblioteca un libro grande y pesado. Lo abrió, pero me dio la impresión de que se había abierto solo. Lo puso en un atril y dibujó algo en el suelo. Un pentáculo de protección, supuse yo. No soy capaz de describir los movimientos rituales que efectuó, ni la forma tan… extranjera… en que se movían sus labios. Apenas puedo recordar la forma en la que se materializó ese demonio en el centro del pentáculo, o al menos no puedo hacerlo sin sentir un escalofrío en la espalda. Hasta ese momento sólo se habían confirmado mis temores.

Lo que jamás había podido imaginar sucedió después. Él borró un trozo del presunto pentáculo con el pie y el demonio lanzó una risotada que hasta yo pude oír. Estuve a punto de huir, sobre todo porque el demonio se hinchó y empezó a sacar púas de lugares anatómicamente imposibles, pero temí que me vieran o me escucharan, así que me quedé muy quieta en mi atalaya. Dio un paso al frente, rugiendo y se lanzó contra mi jefe. Pensé que lo iba a destrozar. Eso, tal vez, hasta me hubiera gustado. Pero entonces el demonio se detuvo. Mi jefe estaba haciendo unos gestos con las manos y deduzco que lo contenía con alguna fuerza restrictiva. Entonces fue él quien comenzó a cambiar. Creció, su rostro cambió, su piel se volvió correosa. Llegó a medir más de dos metros, su cabeza inclinada bajo el techo, y le llevaba al menos veinte centímetros de estatura al demonio. Y abrió la boca, grande y llena de colmillos, babeante, con una lengua bífida que salió disparada hacia los ojos del demonio, hincándose en ambos.

Mi jefe (¡…!) levantó al demonio, ahora sangrante, con la sola fuerza de su lengua, que entraba por los ojos y salía por la nuca del monstruo. La boca se abrió más y más… y se lo tragó. Pude ver, literalmente, cómo se fortalecía con la energía demoníaca.

Entonces, giró su rostro en mi dirección. Sé que no podía verme en el lugar en el que yo estaba, pero juro que por un momento pensé que se lanzaría contra mí y me destrozaría para que no pudiera contar lo que había visto. Y apostaría a que su boca hizo una mueca, muy sutil, eso sí, que lejanamente podía pasar por una sonrisa sardónica.

Desde entonces, todas las mañanas le doy los buenos días muy educadamente en la oficina. Y trabajo mucho.

 


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Necronomicón
Segunda Época. Año 8. N° 20.
Marzo 2010

Editor: Jorge L. De Abreu
UBIK, Asociación Venezolana de Ciencia Ficción y Fantasía
http://www.avcff.org/ubik.htm
Caracas, Venezuela.

 

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